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lunes, 21 de febrero de 2011

DONDIN Y EL RIO ESCONDIDO (V)

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Una tarde de verano en que el calor era particularmente intenso, Dondín XVIII y sus hermanos, XVI y XVII, regresaban a su casa después de haber ido a recolectar nueces, los nogales, árboles de clima mas frío, se hallaban en la parte alta de la montaña- por lo que les había llevado toda la mañana subir al monte y bajar con sus cargas; en esta ocasión no podían hacer uso de sus artes mágicas, pues para sus trabajos personales no se les tenía permitido, tenían que esforzarse como cualquier ser humano.

Cansados, sudorosos y hambrientos, los tres duendes decidieron descansar en la rivera de un arroyo que bajaba, cantarín, de los altos manantiales de la montaña; ahí descansarían y repondrían sus fuerzas comiendo las viandas que su madre les había preparado por la mañana.

El calor y el cansancio les motivaron para darse un refrescante chapuzón en el río, así que, ni tardos ni perezosos, los duendes se quitaron sus ropas y, decididos, se lanzaron a las frescas y claras aguas. Los guijarros y pececillos se veían con toda claridad y los duendes nadaban perezosos; los juncos y lirios les hacían cosquillas en sus desnudos cuerpos y las ramas de un sauce llorón les brindaban una relajante sombra. De pronto, un gran salmón que venía de aguas abajo, al ver a los duendes, juguetón les empezó a lanzar chorros de agua, los jóvenes le siguieron la broma, persiguiendo al travieso salmón, que nadaba veloz y se escondía entre las plantas y las piedras.

Cansados de jugar, los duendes se acercaron a la orilla y le hablaron al salmón:
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domingo, 28 de junio de 2009

Dondín y el tesoro de los duendes

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La montaña de Guerrero estaba viviendo un verano muy caluroso, a tal grado que, hasta los animales del bosque permanecían en sus nidos y madrigueras la mayor parte del día; los sitios de aguaje, que siempre estaban concurridos, ahora se veían desiertos. Para el ser humano la situación no era distinta, el calor canicular hacía cambiar las rutinas de los hombres y mujeres; con este clima, procuraban hacer sus quehaceres por la tarde, cuando ya el sol iba rumbo a su morada, al otro lado del mar.

Los padres de Esteban, los molineros del pueblo, ocupaban las horas diurnas para descansar y hacer trabajos de mantenimiento dentro del molino y la tarde y noche se ocupaban de moler los granos de sus clientes.

Para los duendes era la misma situación, aunque en menor grado, pues la mayoría de sus labores las ejercían en túneles, cavernas y minas; si tenían que hacer algunos trabajos en el exterior, procuraban mantenerse ocultos bajo las plantas, moviéndose en silencio lo menos posible. En esta situación, Dondín, que tenía a su cargo a Esteban, se veía obligado a ir a buscar al muchacho, quien ya para entonces había cumplido los cuatro años. Como los padres del niño dormían por la mañana, Esteban se aburría como una ostra, por lo que llamaba a Dondín para que le contara historias.

Con el fin de cambiar de rutina, Dondín invitó al niño a conocer su tesoro, nunca le había platicado a Esteban de ello, porque el niño era pequeño, pero ahora estaba ya a punto de llegar a la escuela, por lo que consideró Dondín que era el momento de hacerlo.

¿Tienes un tesoro?, preguntó sorprendido Esteban, ¿Como los piratas?

Bueno, no precisamente, Esteban, pero yo creo que mas valioso, figúrate que cuando lo poseas, podrás viajar por todo el mundo y conocer a muchas personas. Podrás viajar a las estrellas mas lejanas o penetrar al centro de la Tierra.

¿Es muy grande el mundo, Dondín?, preguntó inocente el niño.

Sí, Esteban, es muy grande y para mi, es mucho mayor por mi tamaño, figúrate que tú, a los cuatro años, eres casi cuatro veces mas grande que yo; afortunadamente para los duendes, que poseemos ciertos poderes mágicos, el tamaño de la Tierra no representa ningún problema. Imagina un águila, que vuela tan rápido, pues tardaría varias semanas en dar la vuelta a la Tierra, eso suponiendo que hallara lugares para descansar, pues podría correr el riesgo de caer al mar por cansancio si no encontrara un isla donde descansar,

Pues entonces la Tierra es grandísima, respondió el niño abriendo los brazos. Pero dime, Dondín, ¿en donde está el tesoro?

Toma mi mano, Esteban y nos trasladaremos a él, además es un sitio mas fresco y estaremos mas cómodos.

Pero, mis padres, objetó el niño, no les he pedido permiso de salir, se preocuparán si despiertan y no me hallan. No quiero preocuparlos, dijo consternado Esteban.

Por ellos no te preocupes, Esteban, le dijo el duende, viajaremos en el tiempo y para tus padres será solo un instante, ¡vamos!

El niño y el duende se tomaron de las manos y Dondín dijo la palabra mágica: “spuaff” y de inmediato se vieron envueltos en un torbellino de mil colores, donde los dos amigos volaban y reían felices. Cuando cesó el viento que los llevaba, una suave brisa los depositó a la entrada de una cueva en lo alto de la montaña. Sin dejar de la mano al sorprendido niño, que por cierto se había reducido al tamaño de Dondín, caminaron hasta el fondo de la cueva, una gran pared de granito macizo les cerraba el paso. Dondín levantó ambas manos y dijo: ¡puertaff!.... Al hechizo de su palabra la pared de roca se fue abriendo, hasta formar un arco grande por donde penetraron los amigos.

El recinto era una gran gruta, se encontraban en un amplio vestíbulo de cuyo altísimo techo colgaban grandes lámparas de una misteriosa y brillante luz, la temperatura era muy agradable, pues no hacía calor, mas bien un fresquecillo reinaba en el ambiente, haciéndolo confortable, al fondo del vestíbulo una imponente puerta color verde iridiscente brillaba y cambiaba de tonalidades. De algún lugar salió un personaje singular, un duendecillo de larga barba, tocado con un capirote morado, un sobretodo azul que parecía arrastrarle y babuchas color café. Sus ojillos nos miraban a través de unos gruesos espejuelos sostenidos en la punta de la nariz; sus grandes bigotes parecían saltar cuando hablaba.

¡pero vaya!, ¿qué tenemos aquí?..... Un pequeño ser humano, hace muchas lunas que no nos visita ninguno. Y tú, pequeño duende, ¿cómo te llamas y de donde vienes?

Soy Dondín XVIII, señor, contestó Dondín, venimos de muy lejos, de las montañas de Guerrero en México, soy hijo de Quintón y Lepina y este es mi protegido Esteban, como ya tiene edad suficiente, lo traigo para que conozca nuestro tesoro, pues le será muy útil conforme vaya creciendo.

¡Vamos a ver mi libro, dijo el duende portero……vamos a ver…..vamos a ver…, decía en tanto su dedo largo y huesudo recorría una lista que parecía interminable…. Me….Me…, Me…., aquí está… México, efectivamente y dices que eres hijo de Quintón y Lepina….veremos….., veremos….., claro que veremos….. Una nueva lista que parecía no tener fin…..Sí….., sí….., sí que sí…… Aquí están. Pues vaya que vienen de lejos y tienes razón, Dondín, ya es tiempo de que este pequeño diablillo conozca nuestro tesoro, ójala que lo sepa utilizar. Yo soy el portero y mi nombre es Haziek, sean bien venidos.

El duende hizo una gran reverencia para cedernos el paso, retirándose el capirote de la cabeza y mostrando una gran calva, luego levantó las manos y pronunció unas extrañas palabras que no entendimos, algo como “kzaugls” o algo así, pero la gran puerta verde se abrió de par en par. Entraron a un gran recinto de alto techo, iluminado también por aquellas extrañas lámparas. Los muros laterales estaban cubiertos por altos anaqueles llenos de libros y manuscritos; tres anaqueles centrales formaban amplios pasillos, estos anaqueles eran menos altos que los laterales y sobre ellos cruzaban puentes que unían a los cinco anaqueles; los libros contenidos parecían tener cientos o miles de años. Los pasillos eran largos, tanto que no llegaba a ver donde terminaban. En los pasillos que formaban los estantes de libros, había una multitud de mesas y en cada una de ellas se veían diez plumas de ave que escribían solas, eran plumas mágicas. Cuando Esteban salió de su asombro, preguntó:

Y el tesoro, Dondín, ¿en donde se encuentra?, porque aquí veo muchos libros solamente.

Al ver la cara de sorpresa del niño, Dondín le explicó: Esteban, eres de los pocos afortunados seres humanos que visitan la biblioteca de los duendes. Este es nuestro tesoro. Estamos en una gruta mágica localizada en lo alto de los Alpes Suizos. En estas montañas nacieron nuestros primeros padres y aquí se ha recopilado el conocimiento de los duendes, desde su remoto origen, hasta nuestros días.

Una gran parte de los libros aquí guardados, son los cuentos que miles de hombres han contado a los niños a través de los años. Otros muchos son las historias y cuentos que los duendes relatamos a los niños que nos encomiendan; el resto de los libros corresponden a los sueños de los niños; de esas mentes inocentes y maravillosas que, cuando duermen, son llevados al país de la fantasía. Como te habrás dado cuenta, en las mesas estás escribiendo plumas mágicas, son plumas de ave Fénix que escriben lo que los cuentistas tienen en sus mentes. Otras están reproduciendo lo que los duendes contamos y las otras, las de aquellas mesas blancas, son los sueños de los niños de todo el mundo, desafortunadamente, cuando los niños dejan de creer en nosotros, la pluma se rompe y no escribe mas.

Esto es muy interesante, Dondín, pero ¿cómo saben del sueño y quien lo cuenta?

En ese momento se les acercó otro duende, este ataviado con un gorro frigio verde limón, con unas gafas cuadradas y barba enrollada a la altura del pecho, vestía un saco negro y una camisa amarilla, al igual que sus pantalones y sus babuchas de puntas retorcidas eran verdes, como el gorro. Al verlo llegar, Dondín le dijo a Esteban, es el Maestro Struck, el Director de la biblioteca. Luego lo saludó Dondín.

Maestro Struck, le presento a Esteban, mi protegido, lo he traído para que conozca nuestro tesoro.

Buen venido, Esteban, dijo el Maestro muy educado, espero que tengas una grata estancia y que lo que aprendas aquí lo aproveches durante toda tu vida.

Luego, dirigiéndose a Dondín, dijo: Dondín, tú conoces muy bien la biblioteca, por favor enséñale todo lo que tenga que saber, yo tengo mucho trabajo, pero sé que está en buenas manos. Adiós Esteban, dijo agitando la mano en tanto se retiraba.

Dondín y Esteban echaron a andar por los anaqueles, mira le dijo el duende, aquí están los cuentos de los Hermanos Grimm, son mas de doscientos y todos ellos fueron escritos por las plumas mágicas, tomados directamente de la imaginación de sus autores. Otros mas están clasificados por el origen de las historias, como en aquel anaquel, ahí están guardados unos denominados “Cuentos de hadas húngaros” y mas al fondo otro, “Cuentos de hadas suizos”, son miles de historias que hombres buenos han contado para entretener e instruir a los niños a través de los siglos. En otro estante de los pasillos centrales, está la obra de Julio Verne. Tú aún eres pequeño y esos nombres no te dicen nada, pero cuando seas mayor, recordarás lo aprendido aquí.

Vamos ahora a ver como trabajan las plumas mágicas, mira, esa pluma con tintes rojizos, está escribiendo en ruso, yo te voy a decir qué escribe…., déjame ver….. Sí, ya está, está narrando “la historia de una pastorcilla en un poblado al Norte de Moscú, la niña se llama Yovanka Petrovna y es muy pobre, calza unos suecos de madera y en las mañanas frías tiene que salir a atender a sus ovejas, pues es todo el patrimonio de su anciano padre….”, el cuento ya va muy adelantado, pero la pluma está leyendo la mente del escritor, déjame ver si está el nombre del autor…sí, aquí está: Mika Stanislavich. Como verás, no solamente se tienen los libros de los consagrados, sino de todo ser humano que tiene la mente como de niño, que es capaz de imaginar las fantasías que pueden hacer feliz a un niño y que a la vez despertará en él el deseo de aprender. Esa es la finalidad de los cuentos, penetrar en las mentes infantiles e inculcarles que los libros son el verdadero tesoro del hombre, pues a través de ellos poseerán el mundo, alcanzarán el conocimiento humano y les será mas fácil instruirse en las carreras que al final decidan estudiar.

Pero veamos aquella otra mesa, las plumas azules corresponden a las que transcriben las historias y cuentos que nosotros contamos a los niños. Esteban, nosotros somos siempre niños, pero no pienses que somos adultos tontos, no, lo que pasa es que, para que los niños nos acepten y crean en nosotros, debemos pensar como ellos, como niños: Eso mismo le sucede al escritor de cuentos, debe pensar como niño y vivir sus propias fantasías, ¿me comprendes?

El niño miraba sorprendido cómo las plumas escribían incansablemente, hoja tras hoja de una pila de hojas blancas que tenían a su lado. La tinta de sus plumas parecía nunca terminarse, pues no se veían tinteros por ninguna parte. Cuando una pluma se colocaba sobre la mesa, era señal de que se había terminado el cuento, entonces pasaba un ave muy extraña, con el pico muy grande y se llevaba las hojas escritas, los pasaba a unas mesas mas lejanas, donde duendes encuadernadores hacían el trabajo que les correspondía; al terminar el trabajo del libro, el mismo pajarraco lo llevaba a colocar en el estante correspondiente, sin equivocarse.

Ahora te explicaré algo mas. Nosotros los duendes, utilizamos estos libros en nuestros estudios, así nos nutrimos de miles de historias que algún día utilizaremos para contar a los niños; por medio de los libros viajamos a cualquier lugar del universo o de la Tierra misma. Igual viajamos al Sol, que penetramos en una gota de agua. Todo es alcanzable por medio de los libros, Los apreciamos tanto como a la naturaleza, pues si ésta nutre nuestro cuerpo, aquellos alimentan nuestro intelecto. A todos quienes visitan nuestro tesoro, se les obsequia un libro mágico, el cual contiene cientos de historias y cuentos, mismos que irás descubriendo conforme vayas aprendiendo; tal vez los primeros serán muy simples, pero en tanto vayas avanzando en conocimientos, el libro te irá mostrando nuevas aventuras. Solo hay una condición: Poseerás el libro en tanto creas en nosotros, cuando eso ya no exista, también el libro se esfumará, pero te dejará el conocimiento que hayas logrado, especialmente te dejará un gran tesoro que tú mismo irás encontrando, ese tesoro está escondido en los libros y tendrás toda la vida para irlo hallando y será el mejor legado que hagas a tus hijos y nietos.

Finalmente habló Esteban: Dondín, ha sido maravillosa esta visita, cuando aún no llegábamos, yo pensaba en un tesoro de piedras preciosas y oro, como los piratas, pero aunque no sé leer, me doy cuenta de que esto es un gran tesoro y les dará mucho gusto a mis padres cuando les cuente.

Dondín sonrió complacido y entregó a Esteban un libro de pastas cafés, no muy grueso, pero con hojas suficientes para llenar la imaginación del niño. Luego de despedirse del señor Haziek y dejarle sus saludos al Maestro Struck, los jóvenes salieron de la gruta. Ya en la montaña soplaba un viento helado, pues en esas montañas el hielo era permanente. Esteban se estremeció y de pronto se vio nuevamente en el torbellino de colores. Luego cesó el viento y se vio en su casa, frente a sus padres, que acababan de despertar, le sonrieron cariñosos y lo abrazaron con amor. El niño les mostró un bello libro de cuentos infantiles ilustrado. ¿De donde lo sacaste, amor…..?



sábado, 20 de junio de 2009

Dondín y el puma enojado

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La familia de Dondín había organizado una comida y acampada en el bosque, era a finales del verano y la sierra de Guerrero, con su agradable clima, invitaba a la convivencia y al disfrute de la naturaleza. Los aguaceros nocturnos hacían que el campo se vistiera de mil colores; los árboles de frondoso follaje servían de nido a miríadas de pajarillos de todos colores y ensordecedor piar.

Lepina y Quintón, los padres de Dondín, habían preparado una espléndida mesa, servida con los mas ricos manjares y los elíxires mas deliciosos. Para compartir con su familia, Quintón había invitado a sus vecinos y mejores amigos de la colonia: Prype y Layra, padres de quince ruidosos niños de nombre Odyno y doce niñas llamadas Lulú; estos chicos y chicas, eran los mejores amigos de los Dondin y las chicas Clavelyna, hermanas de los Dondín.

Juntas ambas familias causaban gran revuelo en el bosque y enseguida aparecían sus amigos: conejos, liebres, ardillas topos y ratones; mariposas multicolores y pequeños colibríes; en fin, la fauna toda que habitaba en el bosque de la montaña.

Cuatro hermanos Dondín: XVIII, XII, XIV y XVI, en compañía de cuatro Odynos: VII, IX. XI y XIII, propusieron ir a explorar las tierras altas de la montaña, cubiertas por pinos centenarios, piñoneros y encinos.

Habían salido muy de mañana del campamento familiar y no regresarían hasta entrada la tarde. De acuerdo sus padres y con una buena dotación de alimentos y agua, los chicos emprendieron la marcha.

El primero obstáculo que hallaron fue un gran arroyo pluvial, que había enriquecido su caudal con las aportaciones de la lluvia nocturna en las partes altas; en vista de ello, tuvieron que avanzar aguas arriba, a fin de encontrar un punto donde poder vadear el arroyo. Su objetivo era llegar a un sitio llamado “el pico del puma”, una formación rocosa que sobresalía de las copas de los pinos; el cauce del arroyo provenía de otra elevación y los desviaba de su camino, por ello la necesidad de vadearlo. Finalmente encontraron el sitio adecuado, aunque tuvieron que meterse al agua en un remanso que se formaba en una breve planicie. En el estanque vivían algunos peces que se alegraron con la visita de los duendes y juguetearon entre las piernas de los expedicionarios, aprovechando para refrescarse y divertirse con los peces.

Después del chapuzón, cansados y hambrientos se tiraron a descansar sobre la fresca hierba, disponiéndose a dar cuenta de las tartas de frutas que sus madres les habían puesto en las mochilas. Ya repuestas sus energías, los duendes expedicionarios continuaron su viaje. A cada momento se hacía mas difícil avanzar, pues la pendiente de la montaña se hacía mas pronunciada. Las grandes aves volaban en círculos, haciendo gala de su conocimiento de las corrientes de aire, planeando majestuosas. Un águila real de brillante plumaje se lanzó en picada, cruzó veloz cerca de los duendes, y sin detenerse, ascendió con rapidez, llevando entre sus fuertes garras a un pequeño cervatillo. El águila y sus polluelos ya tenían resuelto el alimento de algunos días. Llegaron luego a un punto en la montaña en que la roca se elevaba en forma vertical y el único paso era un angosto sendero a orillas de un profundo barranco. En fila india y pegados a la pared rocosa, los duendes fueron pasando con mucho cuidado, el sendero rodeaba una formación rocosa de unos cincuenta metros, que se les hizo mucho mas largo. Al Salir del paso y voltear en un recodo, llegaron a un pequeño claro entre las rocas, donde una hembra de puma dormitaba y sus dos cachorros jugueteaban entre ellos. Al sentir la presencia de los duendes, la puma se irguió veloz, lanzando un rugido que les erizó los pelos de la nuca.

Los duendes se quedaron quietos, como clavados en el piso, ante la mirada feroz de la puma. Con cuidado, Dondín XVIII se adelantó a hablar: Calma, señora puma, somos los duendes que venimos de paseo y no era nuestra intención molestarla, yo soy Dondín XVIII y ellos mis hermanos y mis amigos.

La puma los miraba recelosa y sus cachorros se refugiaron entre sus patas. Finalmente satisfecha de su inspección, les dijo:

Perdonen, chicos, por el susto que les di, pero estoy muy inquieta, porque el padre de mis cachorros anda muy enojado y eso me pone nerviosa, anda en busca de comida para nuestros chicos, pero cada día se le hace mas difícil hallarla, por lo que tiene que recorrer grandes distancias.

No se preocupe, señora puma, contestó Dondín XII, quien era el mayor de los expedicionarios, nosotros vamos hasta el “pico del puma” y si lo vemos platicaremos con él para saber qué es lo que le pasa.

Gracias, chicos, se los voy a agradecer, pues la preocupación no me ha dejado dormir.

Los aventureros se despidieron de la puma y de los cachorros, quienes los siguieron un breve trecho y luego se perdieron entre las rocas. A esas alturas de la sierra, los árboles ya no eran tan numerosos, pero sí mucho mas robustos, pues se ve que eran de mas edad. Un poco retirado, frente a ellos, teniendo de por medio una depresión de la montaña, se veía un lobo muy erguido, mirándolos fijamente, tal vez para estar seguro de su especie, los duendes le hicieron señas amistosas y el lobo dio media vuelta y continuó con su cacería; ya con el sol en todo lo alto, los expedicionarios coronaron su objetivo, tirándose de barriga para observar el espléndido paisaje de la Sierra Madre del Sur. Los duendes descansaron un poco y luego extrajeron el resto de viandas que llevaban: Torta de maíz rellena de vegetales, calabacitas rellenas de queso, tortas de maíz con miel de abeja y agua fresca de frutas. Satisfechos, se tiraron nuevamente sobre las rocas a ver como avanzaban las nubes, empujadas por el viento que soplaba de la costa del Océano Pacífico. Las aves volaban majestuosas y un gavilán macho se vino a posar cerca de ellos.

Hola, chicos, ¿se divierten?, los he estado observando desde que salieron de las rocas donde vive el puma, está pesada la subida, ¿verdad?
Así es, señor gavilán, nos hemos cansado, pero ha valido la pena, respondió Odyno IX, desde aquí se tiene una vista muy hermosa, cuánto debe disfrutar usted de estos paisajes.

Bueno, amigo, para mi es rutinario, pues siempre lo veo desde las alturas, solamente bajo para atrapar a mi presa y luego vuelvo a mi nido en lo alto de un pino, pero sí, debo reconocer que el paisaje es muy hermoso. Aunque debo decir que el alimento está escaso, yo creo que se debe a que han ido cortando los árboles y no se han cuidado de replantar nuevos, ahora veo mas rocas que cuando yo era pequeño; si esto no se corrige, tendremos que buscar nuevos sitios donde vivir, tal vez emigrar hacia el sur. Es muy triste, porque los árboles son indispensables para la vida.

Tienes razón, amigo, nos damos cuenta de ello y, precisamente, la puma que está entre las rocas nos comentó que su pareja anda muy enojado por esa misma situación, pues tiene que recorrer grandes distancias para conseguir sus alimentos.

Poco después el gavilán volvió a sus propias ocupaciones y nuestros amigos duendes resolvieron que debían volver al campamento, aunque el descenso es mas rápido, les llevaría varias horas llegar a su destino, por lo que de inmediato se pusieron en camino. Sólo habían descendido unos cuantos metros, cuando detrás de una roca saltó el puma, los duendes se quedaron de una pieza, pues casi le podían jalar los bigotes al enorme felino. Nuevamente Dondín XVII se atrevió a hablar:

Señor puma, somos los duendes que vivimos en el valle, venimos de paseo y sentimos invadir su espacio, pero ya vamos de regreso con nuestros padres.¡Grauuu!, rugió con enojo haciendo temblar a los duendes, me molesta que venga a mi casa, estoy muy enojado y no quiero escuchar explicaciones….¡Grauuu!

Tranquilícese, señor puma, no deseamos molestarlo y sabemos que está enojado, pero tal vez nosotros podamos ayudarlo.

En qué me pueden ayudar, pequeños y latosos muchachos, estoy furioso porque los hombres no respetan el bosque. Miren cuántos árboles han derribado, eso ha alejado a los animales y ya no tengo comida en mi territorio. Antes había venados y eran un manjar exquisito, ahora si encuentro un mapache, ya es por suerte. Por eso estoy furioso, tendré que irme con mi familia en busca de mejores sitios para vivir.

Lo sabemos, querido amigo puma y nosotros estamos trabajando para que eso no siga ocurriendo, mediante nuestra magia y trato con los niños de los hombres, estamos haciendo una campaña de concientización para que los chicos hagan ver a sus padres el gran error que están cometiendo al arruinar los bosques, pues además de que aleja a los animales, propicia las sequías mas prolongadas, lo que a su vez hace que muera la vegetación por falta de agua; todo ello llevará a esta hermosa montaña a convertirse en desierto de tierra y rocas. Yo le pido que tenga un poco de paciencia, tal vez pueda bajar un poco, en tanto se recupera el bosque alto, nosotros trataremos de hacer una siembra de árboles que en unos pocos años hagan reverdecer estos parajes.

Gracias, chicos, dijo ya mas tranquilo el puma, realmente les agradezco que estén trabajando en ello, pues el hombre no acaba de darse cuenta de que al acabar con los árboles, está atentando también contra su propia familia y a la larga tendrá que emigrar a lugares mas hospitalarios.

Ya mas tranquilos todos, duendes y puma emprendieron el regreso, el puma se encontró con su familia y se puso a juguetear con sus cachorros, en tanto la hembra lo ronroneaba cerca de la oreja. Los duendes continuaron su descenso, cruzando de regreso el peligroso sendero junto a la pared de roca, pero ya con menos carga en las mochilas y con mas confianza. Al atardecer divisaron el campamento y fueron recibidos entre abrazos y risas. A la hora de la cena, rodeando una gran fogata, los duendes relataron su aventura y todos se comprometieron a ser mas insistentes con los niños acerca del cuidado de los bosques. Luego se retiraron a dormir, arrullados por el reclamo de una lechuza, a la brillante luz de la luna llena.



lunes, 4 de mayo de 2009

Dondín y las hadas

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Dondín había tenido unas semanas muy ocupado cuidando de Esteban, que entre mas crecía, mas curioso se volvía; pero era natural, pues el niño tenía ahora mas independencia, se movía con mayor libertad y todo le llamaba la atención, por lo que Dondín tenía que estar siempre alerta para evitar que el niño se fuese a lastimar. La madre de Esteban lo dejaba sentado en el prado en tanto ella tendía la ropa, pero en cuanto algo llamaba la atención del infante, en seguida trataba de llegar a ella.

Dondín llegaba temprano a casa de Esteban, lo despertaba y empezaban a jugar en la cama, las risas del niño avisaban a la madre que era hora de iniciar el batallar con el chiquillo; entraba a la habitación, besaba a su hijo y le hacía monerías, lo vestía y aseaba y lo llevaba al comedor para que desayunara; desde luego que Dondín no se separaba ni un momento. Cuando el niño intentaba alguna acción que pudiera lastimarlo, de inmediato intervenía el duende, ya sea controlando al niño o, de alguna forma, llamando la atención de la madre, quien presurosa evitaba que el niño se hiciese daño.

Así se pasaba el día Dondín, cuando finalmente el niño tomaba alguna siesta, el duende también caía rendido. Luego despertaba Esteban y era volver a empezar con los cuidados. Pasaron varias semanas, hasta que el padre de Esteban le construyó un corralito de madera, para que el niño pudiera estar seguro. Dondín descansó también, pero esas semanas lo dejaron exhausto. Con el fin de salir un poco de la rutina, el duende pensó en tomarse unos días de descanso, planeando ir a visitar a su primo Colorín XII. Este primo vivía algo retirado de la casa de Dondín, en un sitio llamado Chalchocohuitle, en la Sierra de Guerrero.

Como el viaje era muy largo, Dondín utilizaría sus poderes mágicos. Pidió permiso a sus padres, quienes no dudaron en permitirle al duende ir a visitar a su primo, pues hacía ya muchos años que no se veían. Lepina, la madre de Dondín preparó algunos regalos para los parientes y Quintón, su padre, le hizo las recomendaciones pertinentes. Ya todo dispuesto, Dondín salió de su casa muy temprano, pues pensaba pasar primero por la casa de Esteban para informarle al niño que estaría ausente por unos días, pero si llegara a necesitarlo, no tenía mas que avisar a cualquier animalito que pasara, ellos se encargarían de hacer llegar el mensaje a Dondín.

Una vez hecho, Dondín salió rumbo al bosque, pues no quería que el niño le viera utilizando sus artes mágicas, a fin de no incitarlo a pedir que hiciera cosas que no podría cumplirle; ya fuera de la vista de Esteban, cerca de un macizo de flores silvestres y antes de que Dondín dijera las palabras mágicas, se dio cuenta que unas hadas con apariencia de mariposas le llamaban; de inmediato Dondín acudió al llamado de las hadas, quienes le pidieron ayuda para liberar a una de sus hermanas, quien por descuido, había quedado atrapada en una telaraña.

La araña estaba muy molesta, pues había trabajado toda la noche para tender esa red y la utilizaría para tener el almuerzo de esa mañana, pero por el descuido de esa hada o mariposa, o lo que fuese, ahora tendría qué volver a empezar. En fin, le dio permiso a Dondín de que rompiera la telaraña para poder liberar a la asustada hada. Así lo hizo el duende y después de batallar un rato con los pegajosos hilos de la telaraña, la mariposa quedó en libertad, de inmediato volvió a su forma original y Dondín quedó admirado de la belleza del hada.

-¿Cómo te llamas?, preguntó Dondín sin dejar de mirarla.

-Me llamo Pamela, y te estoy muy agradecida por haberme liberado, realmente fue un descuido mío y estoy muy apenada por haber destruido la telaraña de esa arañita. Pero tú, pequeño duende, ¿cómo te llamas?

Me llamo Dondín XVIII, respondió, pero, preguntó, ¿qué hacen tan temprano?

Venimos en busca de néctar, pues esta tarde habrá una gran fiesta en el bosque y a mis hermanas y a mi nos encargaron llevarlo, para preparar unas deliciosas bebidas; mira, dijo señalando a las hadas que le acompañaban, ellas son mis hermanas: Alex, Andy, Pau y estas bellas y pequeñas haditas, las gemelas Erika y Karina.

Pues sí que son una gran familia y todas muy hermosas, dijo Dondín sonrojándose, estrujando su sombrero y sin saber donde poner sus inquietas manos.

Dondín, intervino Alex, te estamos muy agradecidas por haber liberado a nuestra hermanita y nos gustaría que nos aceptaras la invitación a la fiesta que se dará en el bosque, nuestros padres se pondrán felices cuando les contemos.

Bueno, en realidad tenía otros planes, contestó animado el duende, pero creo que será mas divertida la fiesta, ¿está muy lejos el sitio donde la harán?

No, para nada, respondieron las haditas al unísono. Debes conocer el sitio, aclaró Pamela, es una muy curiosa roca que tiene un bosque en lo alto, ¿la has visto?

¡Claro que sí!, contestó Dondín emocionado, pero nunca me imaginé que en ese sitio se reunieran las hadas.

No solamente nos reunimos ahí, dijo Andy, también en ese sitio tenemos nuestra casa, pero como comprenderás, siempre la tenemos oculta, pues solamente la pueden ver ciertas personas, como tú mismo, pues de otra manera correríamos muchos peligros.

Pues no se diga mas, aceptó gustoso Dondín, díganme en qué puedo ayudarles, pues así terminaremos mas pronto.

Como también nos encargaron miel, nos puedes ayudar a recolectarla, contestó Pau, de esa forma nosotras estaremos haciendo los viajes para llevar el néctar. ¿Puedes hacerlo?

Desde luego que sí, contestó Dondín, voy a recorrer los alrededores y nos veremos aquí mas tarde.

Las hadas volvieron a su actividad recolectora, ahora teniendo mucho cuidado de no ir a toparse con otra telaraña. Con cuidado llegaban a las flores y extraían el codiciado néctar, luego volaban a su casa y después de un rato volvían. Las seis haditas trabajaban afanosas, pensando en los apuestos invitados que irían a acompañarlas a la fiesta.

En cierto momento empezó a soplar una brisa mas fuerte que de costumbre; pequeños remolinos levantaban la tierra y hojas sueltas y corrían divertidos entre los árboles. Las haditas no dieron importancia y continuaron con su trabajo, las pequeñas gemelas, mientras tanto, se ocupaban en cortar florecillas silvestres que iban acumulando en sus delicados mantos.

-Mira, Erika, dijo emocionada Karina, qué hermosas flores, parecen pequeñas margaritas, vamos a hacer un ramo para llevarlo a mamá.

Las dos pequeñas se pusieron a cortar las delicadas florecillas, sin darse cuenta que un remolino mayor se acercaba a ellas, de pronto el remolino tomó fuerza y girando vertiginosamente sobre las niñas, las elevó, llevándoselas a gran velocidad hacia lo alto de la montaña. Dentro del remolino, las pequeñas hadas giraban descontroladas, llenas de miedo, sin poderse acercar una a otra, pues el viento, furioso, las movía a gran velocidad, envueltas entre hojas, ramas y tierra.

En tanto esto ocurría, sus hermanas mayores trabajaban diligentes en la recolección del néctar. Alex regresaba de llevar néctar a su casa y preguntó por sus hermanitas.

-Pau, Andy, ¿han visto a las gemelas?, preguntó en tanto que miraba a su alrededor.

-Estaban cortando flores, repuso Andy, deben andar detrás de aquellos matorrales, dijo señalando en alguna dirección.

-Sí, intervino Pau, hace poco tiempo que las vi correteando, tratando de alcanzar a un pequeño remolino.

Inquieta, Alex se dirigió hacia donde señalaban sus hermanas, buscando a las pequeñas. A grandes voces les llamaba, pero no obtenía respuesta. Preocupada llamó a sus hermanas, viendo que Pamela recién llegaba.

¿Qué sucede, Alex?, ¿en donde están las niñas?

No las encuentro, deberían estar por aquí, pero no responden. Las cuatro hermanitas, convertidas en mariposas, revoloteaban entre árboles y matorrales, en busca de las gemelitas. En esos momentos volvió Dondín, cargando un envase lleno de miel de abeja, notando de inmediato que algo estaba ocurriendo.

¿Qué sucede, niñas?, ¿por qué están tan inquietas?, preguntó el duende.

No encontramos a nuestras hermanitas, las gemelas, contestó llorosa Pamela.

Vamos, vamos, tranquilas, dijo el duende, las encontraremos, deben andar perdidas muy cerca de aquí, le preguntaremos a mis amigos, los animalitos del bosque.

Mirado una ardilla que bajaba de un árbol, Dondín le preguntó:

Hola, ardillita, estamos buscando a dos pequeñas hadas que estaban por aquí, ¿de casualidad has visto hacia donde se fueron?

No, contestó la ardilla, como estaban fuertes los remolinos yo me refugié en mi madriguera, pero le preguntaré al conejo que vive bajo aquellas piedras.

Rápidamente se dirigió a la madriguera del conejo, llamándole a gritos. ¡conejo!, ¡conejo!, sal pronto, por favor, te busca Dondín el duende.

El conejo asomó la cabeza por el agujero y protestó: ¡No grites!, por favor, vas a despertar a mis hijitos. ¿Qué sucede?. ¡Ah, ya sé!, quieren saber donde están las haditas, ¿verdad?

Eso, eso, dijo Dondín, ¿has visto hacia donde se fueron?

Mas bien, hacia dónde se las llevaron…. Es decir, se las llevó un gran remolino, yo apenas tuve tiempo de refugiarme en mi casa…..

Pero, ¿estás seguro, conejito?, preguntaron al unísono las haditas.

Claro, se las llevó hacia lo alto de la montaña. Yo creo que ya va muy lejos, iba muy rápido.

Las haditas, abrazadas, lloraban desconsoladas, ignorando la suerte que correrían sus pequeñas hermanitas. En eso, mirándolas llorar, un viejo búho se posó sobre una piedra cercana y les dijo:

Es cierto que se las llevó un remolino, pero no era solamente viento, era el antipático gnomo que vive en las cuevas de la montaña. Yo vi cuando se convirtió en remolino para llevarse a las niñas, además de antipático es muy malo.

Al oír aquello, Dondín se dio cuenta de que el problema era mayor, pues él solo no podría con el gnomo, así que, tranquilizando a las haditas, mediante un conjuro mágico se dirigió a su casa, en busca de sus padres: “traslapuaff”, dijo con energía y de inmediato se encontró parado en la mesa de su casa, ante los regaños de sus padres.

Pero Dondín, ¿aún no puedes controlar tus conjuros?, algún día vas a aparecer metido en un bote de basura, ¡baja de la mesa de inmediato!, regañó su madre.

Perdonen, mamá y papá, pero es una emergencia, el gnomo de la montaña se llevo a dos pequeñas haditas y sus hermanas están desconsoladas, ¿nos podrán ayudar ustedes a recuperarlas?

¡Claro que sí, hijo!, contestó Quintón, secundado por Lepina, vamos a llevar la cuerda mágica para atarlo, pues de otra manera no podremos con él.

En seguida llamaron a dos de los hermanos mayores y todos juntos y mediante mágicos conjuros, llegaron al lado de las desconsoladas haditas.

No lloren, pequeñas, les dijo cariñosa Lepina, verán que nosotros lograremos rescatar a sus hermanitas. Sabemos muy bien que sus poderes mágicos no podrían ayudarnos, pues están limitados a favorecer a los humanos, pero nosotros tenemos otras facilidades. ¡Ya verá ese malvado gnomo!... no le quedarán ganas de volver a meterse con ustedes…. ¡ya lo verá!

Las niñas se animaron un poco al ver la disposición de la familia de Dondín para rescatar a las gemelas: Realmente estaban asustadas, pues temían que el malvado gnomo les hiciera daño.

Bueno, dijo Quintón a sus hijos, ustedes, valiéndose de su magia, vayan a la montaña y localicen la guarida del sinvergüenza gnomo, en tanto, su madre y yo cuidaremos de estas niñas, no vaya a ser que quiera volver por ellas.

Tomados de las manos, los tres Dondines dijeron la palabra mágica: “voluaff” y de inmediato volaron con rumbo a la montaña. Desde la altura podían cubrir mas terreno para localizar el sitio donde moraba el gnomo. Una parvada de gorriones que volaban, se sorprendieron al ver volando a los duendes, pero como los conocían, los saludaron amistosas.

Hola, duendecitos, ¿a donde se dirigen con tanta premura?, preguntaron.

Estamos buscando la guarida del malvado gnomo que habita en esta montaña. ¿Lo han visto ustedes?, llevaba a dos pequeñas haditas y necesitamos rescatarlas antes de que les haga daño.

No, chicos, nosotros estamos volviendo ahora de hacer nuestros alimentos en un campo cercano, pero pregunten al cuervo que habita en el pino solitario, con seguridad él lo habrá visto. Adiós, amigos, que tengan suerte y encuentren pronto a esas pequeñas.

En tanto se preparaba el rescate, el malvado gnomo había llegado a su cueva, la cual era muy profunda, realmente era una gran caverna; dentro de ella había una laguna de aguas transparentes. Era una laguna mágica y a través de ella el gnomo podía ver lo que ocurría en cualquier lugar de la montaña y sus alrededores, por lo que no tuvo problema para darse cuenta que los duendes voladores estaban en su busca, por lo que, valiéndose de la magia, ocultó la entrada de su gruta con una espesa vegetación.

Las pequeñas gemelas lloraban y se abrazaban llenas de miedo, aunque el perverso gnomo les hablaba con fingida dulzura, a fin de tranquilizarlas: No lloren, pequeñas, no les va a pasar nada; ahora vivirán como lo que deberían ser: unas auténticas princesas. Serán mis compañeras durante toda la vida y vivirán como las hijas de un auténtico rey, el rey de la montaña. Las llenaré de lujos y joyas jamás vistas. Les servirán sirvientes traídos de todos los confines de la tierra y serán muy felices.

Las niñas, abrazadas y asustadas, escuchaban los ofrecimientos del malvado gnomo, llorando de angustia por verse separadas de su familia.

Nosotras queremos vivir con mis papitos, dijeron ambas haditas, no queremos vivir contigo, tú eres un gnomo malo.
¡Basta, pequillas lloriconas!, yo soy su dueño y tendrán qué hacer lo que les diga. Y vale mas que se porten bien, si no, en lugar de ser princesas, serán las sirvientas. Ja, ja, ja. Su macabra risa se escuchó por toda la montaña.

Los duendes que en esos momentos sobrevolaban esa zona, escucharon las horribles carcajadas y de inmediato se posaron en tierra, recorriendo con todo cuidado el terreno, fueron revisando entre las rocas y los matorrales. De pronto vieron una liebre que, curiosa, los miraba buscar, preguntándoles:

¿Qué es lo que buscan, pequeños duendes?...

Estamos buscando la guarida del gnomo, dijo Dondín II, ¿de casualidad sabes donde está la entrada?

Desde luego que sí, miren hacia arriba, ¿ven aquellos grandes matorrales?, pues hace un rato no estaban, pues el gnomo los pone cuando quiere ocultar la entrada, pero tengan mucho cuidado, les advirtió, pues es un gnomo perverso y odia a los duendes, particularmente.

Gracias por alertarnos, amiguita, aunque ya tenemos conocimiento de sus maldades.

Los duendes se dirigieron hacia los matorrales señalados y, efectivamente, era la entrada a la gruta del gnomo. Cautelosamente penetraron en la cueva a fin de reconocer el terreno en que habrían de enfrentar al gnomo. Caminaron sigilosos tratando de localizar a las pequeñas hadas, finalmente las vieron, estaban sentadas sobre una roca, el malvado gnomo estaba ocupado preparando algún brebaje y, aparentemente, no se daba cuenta de la presencia de los duendes en su gruta. Ya enterados del terreno, los duendes salieron de la cueva y dejando a Dondín II vigilando la entrada, los otros dos volvieron al lado de sus padres para organizar el rescate. Llegando al lado de ellos, les informaron de las condiciones en que tenía a las niñas y las características generales de la gruta.

Después de deliberar acerca de lo escuchado, los padres de los Dondines acordaron la forma en que intentarían el rescate. Por principio de cuentas enviarían a un grupo de topos sirvientes a que los acompañaran; entrarían los cinco detrás de los animalitos, haciendo gran alboroto para llamar la atención del gnomo. Lepina y Quintón, llevando la cuerda mágica, intentarían llegar por la espalda del gnomo para atarlo, una vez envuelto en la cuerda, el malvado no podía utilizar sus poderes. Los topos deberían evitar que el gnomo atrapase a los duendes, pues en su coraje podría hacerles daño.

Puestos todos de acuerdo, iniciaron el ascenso los topos, pues aunque el gnomo los detectara, no desconfiaría de animalitos que tienen sus hábitat natural en esos terrenos, en tanto, los cinco duendes se trasladarían con su magia hasta la entrada de la gruta, a la espera de la llegada de los topos. Salieron, pues, los animalitos a gran velocidad y tomados de las manos, los cuatro duendes, mediante una palabra mágica, llegaron a la entrada de la gruta, quedándose muy quietos entre el matorral, para no ser vistos por el gnomo. Cuando los topos llegaron, de acuerdo a las instrucciones de Quintón, entraron todos en tropel, haciendo gran ruido. El gnomo se sobresaltó y lleno de rabia empezó a perseguir a los duendes, Lepina y Quintón se escondieron detrás de unas piedras, en tanto que los topos interferían en la carrera del gnomo para que no fuera a apresar a los duendes. En tanto, las niñas lloraban llenas de angustia, pues no sabían que estaba ocurriendo.

En cierto momento, el gnomo quedó de espaldas a los padres de los duendes, aprovechando el momento para lazarlo con la cuerda mágica, de inmediato el gnomo se quedó quieto y por mas que se esforzaba no lograba librarse de la cuerda. Al verlo imposibilitado, los tres duendes se dirigieron a las pequeñas hadas, cuando ellas reconocieron a Dondín, se pusieron muy contentas, pues sabían que las habían rescatado. Los duendes las condujeron hacia la salida, indicándoles que adoptaran su forma de mariposas y se fueran directamente a casa, donde ya deberían estar esperándolas sus hermanas. Así lo hicieron las gemelitas y convertidas en coloridas mariposas volaron alegres a reunirse con su familia.

Los duendes volvieron al lado de sus padres a fin de ayudarles a controlar al gnomo, éste, fingiendo una gran tristeza les juraba que ya se iba a portar bien, pidiendo que por favor lo soltaran. Los duendes se pusieron de acuerdo y, sin decirle nada al gnomo, salieron de la gruta y volvieron a su casa, ya cuando estaban a salvo, Quintón dijo una palabra mágica: “liberaff” y el gnomo quedó libre de la cuerda mágica, la cual volvió a las manos de los duendes. Esperaban que el malvado gnomo cumpliera su palabra y dejara ya de molestar a las hadas y a los duendes.

Esa tarde, los padres de Dondín y toda su prole, se presentaron en el bosque de la roca a la fiesta de las hadas, todos estaban felices y agradecidos con los duendes por haber rescatado a las pequeñas haditas. Los duendes danzaron y cantaron con las hadas, comieron ricas viandas y festejaron toda la noche por la culminación feliz de la aventura.





L É X I C O


Exhausto Cansado, agotado, sin fuerza.
Afanosas Que ponen mucho afán y empeño en lo que hacen.
Pertinentes Que viene a propósito o procede
Deliberar Resolver hacer algo habiéndolo meditado.
Hábitat Conjunto de condiciones en que se desarrolla una vida, humana o animal

viernes, 3 de abril de 2009

El Jardín de las hadas

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Este cuento está dedicado a mis dos nietecitas, Pamela de 10 años y Andrea de 7, en quienes vi a las dos personitas que lo protagonizan


Había un pueblito en un país muy lejano, montado sobre una agradable colina; el pueblo se encontraba en las orillas de un hermoso lago, cerca de la desembocadura de un río muy caudaloso. En las riberas del lago crecían una gran variedad de plantas y flores y en el lago proliferaban una enorme variedad de peces: iridiscentes truchas, plateadas carpas y un sin fin de peces multicolores. Entre los juncales croaban las ranas y en la temporada llegaban patos, gansos y cisnes que llenaban el ambiente de graznidos y piar de polluelos. En verano, los alrededores del lago florecían en un arco iris de mil formas y las fresas y moras silvestres llenaban de alegría a los niños, ante la perspectiva de saborear deliciosos pasteles que sus madres les hornearían.

La actividad económica del pueblo se basaba en la fabricación de muebles de madera y artesanías fabricados con las ricas maderas que les proporcionaba el bosque de la colina cercana al pueblo; así también, la cestería que se desarrollaba mediante la utilización de los juncos que crecían en los humedales. Los habitantes del pueblo eran celosos guardianes de sus bosques y sus aguas, pues entendían que gracias a ellos se había desarrollado y sostenido la vida de sus pueblos ribereños, por tal motivo, en cuanto a los bosques, por cada árbol que se cortaba para fabricas muebles o producir leña para calentar los hogares en invierno, se tenía la obligación de sembrar cincuenta nuevos arbolitos, para de esa forma no se agotara la vida arbórea. De la misma manera, había, personas dedicadas a mantener un vivero, a cuidar los almácigos, a realizar el trasplante, a mantener limpio el bosque, todas estas actividades mantenían ocupado al pueblo y, por lo tanto, el comercio era otra actividad muy rentable, pues debido al trabajo constante, los lugareños siempre tenían dinero para adquirir diversos bienes.

Los habitantes del pueblo, eran gente sencilla, amistosa y cordial, amantes del canto y el baile, siempre dispuestos a hacer alguna fiesta, a la que invitaban a todos sus vecinos. El pueblo era un conjunto de pintorescas casitas hechas a base de piedra y madera pintada de vivos colores, con techos de tabletas de madera y rojas tejas de barro cocido.

Las calles, pobladas de frondosos árboles, en verano se llenaban de nidos de diversas aves venidas de lejanas tierras. Los aleros de las casas eran ocupados por alegres parvadas de golondrinas, las que hacían las delicias de los niños con sus audaces vuelos rasantes. Las ventanas de las casas se adornaban de coloridas flores, las cuales eran visitadas por coloridas mariposas y colonias de industriosas abejas, quienes realizaban su importante tarea de polinización de las plantas.

En una casita pintada de blanco y amarillo, sobre la calle de la Sombrilla rosa, la mas cercana al lago, vivía una familia que tenía dos pequeñas hijas: Estrella, de diez años y Florecita, de siete. Sus padres se dedicaban a la fabricación de cestos de mimbre, los que eran muy apreciados por los comerciantes viajeros, quienes llegaban de otros países a adquirirlos; los había pequeños, como nido de golondrina, hasta unos enormes, donde podía caber un joven y que eran utilizados como adornos en las suntuosas mansiones de príncipes y reyes.

Las niñas asistían a la escuela del pueblo y eran muy apreciadas por los profesores y sus compañeros de clase. En ocasiones acompañaban a sus padres a recoger los materiales necesarios para su trabajo, aprovechando la ocasión para recolectar flores y frutos silvestres. Su padre les había fabricado unas hermosas canastillas, donde colocaban el producto de su recolección. Cuando era la temporada de fresas y moras silvestres, su madre les horneaba deliciosos pasteles.

Cierto día en que las niñas, acompañadas de unas amiguitas, habían ido a recoger flores, una parvada de colibríes se ocupaban de extraer el néctar de algunas flores; uno de esos vivaces pajarillos se posó muy cerca de Estrella y con cantarina voz, le dijo:

-Esperad, pequeña niña, que deseamos haceros una invitación, para vos y vuestra hermanita.

Asombrada, Estrella miraba en todas direcciones, buscando a la persona que le llamaba. Extrañada de no ver a nadie, la niña pensó que era su imaginación y continuó con su tarea de recoger flores.

El pequeño colibrí fue entonces a detener su vuelo frente a los ojos de la niña, quien bizqueando se dio cuenta que era la avecilla quien le hablaba.

-Perdón, pajarito, que no me haya dado cuenta de tu llamado, pero es la primera vez que oigo hablar a un ave.

-No os preocupéis, bella niña, pues tampoco es frecuente que lo hagamos nosotros, pero es que en realidad no soy un pajarillo, sino un hada, enviada por la reina de las hadas a haceros una invitación.

Agradezco desde luego tu invitación, pero, ¿por qué nos invitan a nosotras?, preguntó Estrella, quien volteó a ver a Florecita, para cerciorarse que estaba bien.

El hada se dio cuenta de la preocupación de la niña y se apresuró a tranquilizarla diciendo: No debéis preocuparos, pequeña, vos y vuestra hermanita no corren ningún peligro, pues han sido elegidas por la reina porque conocemos la pureza de vuestros corazones y es una forma de premiaros.

Perdona mi curiosidad, dijo Estrella conteniendo una sonrisa, -¿por qué hablas tan curioso?, parece que estoy leyendo un viejo libro de cuentos.

-Efectivamente, preciosa, hemos salido de vuestro viejo libro de cuentos, pues en los libros es donde nosotras tenemos nuestro reino; por cientos de años hemos ido de país en país, conociendo a miles de niños y niñas, pero pocas veces hemos encontrado a alguien que se haga merecedor de visitar nuestro reino, pues nuestra reina es muy exigente en cuanto a las personas que nos visitan.

-Pero, repuso la vivaz niña, yo no recuerdo haber leído ningún cuento en que un colibrí dijera que era un hada…..

-Tenéis razón, Estrella, si vos me lo permitís, adquiriré la forma en que vos me habéis visto.

Diciendo y haciendo, frente a Estrella se apareció una joven de apariencia casi transparente, ataviada con vaporosas sedas de color azul pálido. El rostro del hada era de facciones muy finas, su estatura era similar a Estrella y estaba tocada por un velo color de rosa; en la mano derecha llevaba una pequeña varita, brillante como un rayo de luna y cuya punta refulgía como un lucero.

Al ver al hada, Florecita se acercó presurosa a su hermana, diciendo emocionada:

-¡Estrella, Estrella!, es el hada del cuento que tenemos en casa, aquel que tiene una hermosa pintura de un castillo en lo alto de una montaña.

-Efectivamente, contestó Estersina, que así se llamaba el hada, el castillo que describís es el castillo de la reina de las hadas. Venid con nosotras, os lo ruego, pues si no nos acompañáis, nuestra reina se pondrá muy triste.

En tanto esto ocurría, las amigas de las niñas eran conducidas, sin que se diesen cuenta, por unas mariposas multicolores, a fin de que no se dieran cuenta de lo que ocurría con Estrella y Florecita.

-Pero es que no tenemos permiso de nuestros padres, contestó Estrella, no podemos ir a ninguna parte si no tenemos su permiso.

-Entiendo, entiendo, contestó Estersina, pero esto es lo que haremos: Hoy por la noche, cuando os vayáis a dormir, leerán su cuento de hadas y entonces iremos por vosotras, de esa manera, vuestros padres os verán durmiendo en vuestra cama y no tendréis problema, ¿está bien así?

Las niñas se miraron emocionadas y comprendiendo que no habría peligro, aceptaron gustosas.

Después de esta peculiar entrevista, las niñas continuaron con su recolección de flores y frutos y luego volvieron a su casa. Sus padres ya las esperaban para cenar y después de lavarse las manos, las niñas ocuparon sus asientos y se dispusieron a cenar. El padre hizo la oración de agradecimiento y después dieron cuenta del delicioso asado que su madre había preparado, seguido de esponjosos pastelillos que acompañaron con refrescante leche. Luego de la cena, las niñas contaron a sus padres lo ocurrido, de cómo el hada les había invitado a visitar el castillo de la reina y que esa noche lo harían, después de leer su libro de cuentos.

Los padres las miraban complacientes, disfrutando de la inocencia de las niñas, añorando ellos mismos los años dorados de su niñez, que tan lejos habían quedado y lo felices que habían sido, viviendo las aventuras de los cuentos de su época. La madre dio la bendición a las niñas y estas besaron a sus padres, dándoles las buenas noches. Las niñas subieron a su habitación y luego de cepillarse los dientes y ponerse sus piyamas, ambas se acomodaron en la cama de Estrella y abrieron su querido libro de cuentos. Estrella empezó a leer:

“Érase en un país muy lejano, que vivían unas hadas muy buenas…..” El sueño pareció adormecer a las niñas y ambas reposaron sus cabezas en la almohada….. Entonces llegó Estersina, quien tomándolas de las manos las llevó volando al castillo de la reina. Las niñas miraban emocionadas los pueblos y reinos que cruzaban. Allá abajo, las vacas pacían tranquilas a la orilla de un arroyo. Mas allá, un caballero luchaba tenazmente con un dragón, en tanto un príncipe cantaba en un balcón a su amada. Muchos otros cuentos fueron pasando, en tanto las niñas eran conducidas a su destino.

Luego de algunos minutos, el hada las hizo descender en los patios de un enorme castillo, el puente levadizo se hallaba dispuesto y una guardia de apuestos caballeros formaban a los lados, haciendo una guardia de honor para las invitadas de la reina.

A un toque de su varita mágica, Estersina cambió sus piyamas por hermosos vestidos de fiesta, sus cabezas fueron tocadas con coronas de flores y sus pies calzados con delicadas sandalias de fina piel. Las niñas no cabían en sí de la emoción y miraban asombradas todo lo que ocurría a su alrededor.

Un gallardo príncipe, vestido con un elegante uniforme blanco con botonadura dorada, se acercó a Estrella, ofreciéndose como acompañante.

-¿Me permitís acompañaros, bella niña?, dijo galante el príncipe, ofreciendo su brazo como apoyo para la niña.

Con una mano, Estrella tomó la de Florecita y la otra la posó suavemente sobre el antebrazo de su acompañante. Los tres caminaron entre la guardia de honor, en tanto pequeños pajecillos extendían ricos tapetes para que caminaran en ellos. Un grupo de hadas niñas de la edad de Florecita, se ofrecieron a hacerle compañía, cosa que la niña aceptó gustosa. El grupo recorrió las calles del pueblo, recibiendo una lluvia de flores que la gente les lanzaba a su paso. Todos alababan la belleza de las niñas, pues lo que mas brillaba era la pureza de sus sentimientos; pasaron un hermoso jardín sembrado de flores desconocidas para ellas, pero de una indescriptible belleza y colorido. El herrero detuvo su trabajo en la fragua y manchado de hollín y con su delantal de cuero, alzaba su gorro a manera de saludo a las visitantes. Cruzaron sobre el puente, al lado del molino, molineros y clientes suspendieron sus labores a fin de dar la bienvenida a las niñas; en fin, todo mundo salía de sus casas a conocer a las elegidas por su reina.

Después de recibir la bienvenida de los habitantes del pueblo, el cortejo llegó al castillo, la reina de las hadas las esperaba a la entrada de la torre del homenaje, rodeada de toda su corte de hadas.

La reina era un hada muy bella, de cabellos de oro trenzados con flores de varios colores, vestía una túnica de seda amarillo pálido, un gorro alto como capirote del que colgaba una banda de seda color de rosa. Su rostro era risueño, de facciones muy finas. Al acercarse las niñas, la reina se acercó a abrazarlas con grandes muestras de cariño.

El acompañante de Estrella se mantenía a una prudente distancia de las visitantes, esperando alguna seña de la reina para volver a conducir a Estrella; lo mismo hacían las pequeñas hadas que acompañaban a Florecita. La reina les habló entonces:

-Sois bien venidas a mi reino, queridas niñas, sois vosotras las representantes de los niños de su pueblo, pues las hemos estado observando durante varios años y nunca han lastimado a ningún animalito; han procurado cuidar el bosque y todas sus plantas y todo ello nos hace muy felices, pues nosotras somos habitantes de los bosques. Cuando vosotras ven abejas y colibríes revoloteando sobre los macizos de flores, muchos de esos animalitos pueden ser hadas que cuidan de las plantas; lo mismo ocurre cuando, en las noches cálidas del verano, ven enjambres de luciérnagas que adornan la penumbra de los bosques y jardines, como si fuesen luceros del cielo visitando a los humanos.

Aunado a vuestro cuidado por la naturaleza, han sido buenas hijas, obedientes y cariñosas con vuestros padres y maestros; así mismo, vuestro comportamiento con vuestros vecinos y amigos, nos han demostrado que sois merecedoras de esta distinción.

-Ahora pasemos, invitó la reina, haciendo una leve seña a los acompañantes de las niñas, se os ha preparado una fiesta en la que recibiréis vuestros premios a vuestra bondad.

El acompañante de Estrella le ofreció el brazo para que continuara su marcha. La niña aceptó gustosa la galantería del guapo mozo y un leve rubor cubrió sus mejillas. Florecita y sus nuevas amigas, irrumpieron gozosas a la torre, ante la mirada complaciente de la reina y su corte, quien ya se hallaba sentada en el trono.

Las visitantes y sus acompañantes jugaron, cantaron y comieron golosinas. Estrella y su apuesto príncipe se cruzaban miradas amorosas y Florecita corría y brincaba, siempre seguida por una corte de haditas traviesas. Cansadas, las hermanitas se sentaron en unos cojines mullidos y multicolores y el cansancio las fue venciendo, quedando profundamente dormidas……….

Su madre entró silenciosa a la habitación de las niñas, retiró con cuidado el libro de cuentos y las arropó amorosa. Eran unas niñas encantadoras y llenaban de luz las vidas de esos padres afortunados. Apagó la luz y salió en silencio, cerrando la puerta.






L É X I C O

Iridiscentes Que muestra o refleja los colores del arco iris.
Juncales sitios poblados de juncos
Cestería Artesanía que se refiere a la fabricación de cestos,
Polinización Acarreo de polen de una planta a otra para fecundar los óvulos.
Mimbre Ramas finas y flexibles de la mimbrera.
Mimbrera Arbusto alto de ramas finas y flexibles que se usa para la fabricación de cestas.
Suntuosas Lujoso, magnífico, grandioso.
Refulgía Resplandecer, emitir fulgor o brillo.
Pacían Comer el ganado la hierba del campo.
Fragua Taller donde se forjan los metales.
Cortejo Conjunto de personas que componen el acompañamiento en una ceremonia.
Capirote Gorro en forma de cucurucho, cubierto de tela.
Mullidos Blando, esponjoso.

domingo, 29 de marzo de 2009

SAMUEL Y EFRAIN

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Este cuento está dedicado a mis amados nietos Benjamín (Samuel) e Iván (Efraín), quienes en este momento tienen esas edades, la edad en que la mente está enriquecida por las fantasías, espero que crezcan siendo muy creativos y felices.

Existía en un país lejano, en medio de montañas intrincadas y boscosas, una familia compuesta por el padre, Othón; la madre, Seferina y dos pequeños hijos: Samuel de 12 años y Efraín de 9. Los padres se dedicaban a la fabricación de carbón, lo que representaba un trabajo cansado y peligroso, pues tenían que recorrer grandes distancias para hallar los árboles adecuados para la fabricación del combustible. La familia vive en una hermosa casita fabricada con troncos y tablas forjadas de los mismos materiales; la casa está ubicada en un claro del bosque, cercana a un arroyo que baja de las alturas de la montaña y que lleva un agua fresca y cristalina, poblada de gordas truchas y algunas otras especies, igualmente deliciosas. Para realizar su trabajo, poseían ocho asnos que utilizaban, tanto para acarrear la leña para la quema, como para llevar el carbón al mercado del pueblo.

No se piense que el carbón es cosa fácil, de ninguna manera, pues primero hay que encontrar un árbol que, por cualquier motivo, ya sea enfermedad, años de existencia o tocado por algún rayo, ya no represente un valor suficiente dentro de la vida natural del bosque. Un árbol enfermo, puede transmitir esa enfermedad a otros árboles y poco a poco ir desarrollando una epidemia que, de no atajarse a tiempo, podría representar la desaparición de enorme cantidad de especies del bosque. Los árboles muy ancianos, ocasionalmente pueden estar debilitados en sus ramas y raíces, pudiendo caer y arrollar a otros árboles mas jóvenes; cuando estos ejemplares del bosque caen al suelo, tienden a secarse con rapidez y en caso de incendio, contribuir a una combustión mayor y mas rápida y, finalmente, los árboles que han sido tocados por los rayos, generalmente están muertos, pues la descarga eléctrica les carboniza por dentro, acabando con los capilares que sirven para llevar el agua y los nutrientes a todas las hojas y ramas de los árboles, comportándose también como los árboles viejos.

La actividad de los carboneros era, además de un buen negocio, necesaria para el cuidado de los bosques, pues los carboneros mantenían limpio el bosque y colaboraban con las autoridades en caso de incendios.

Decíamos pues, que no es fácil la vida de los carboneros, pues cuando encuentran los árboles adecuados, hay que cortarlos, desramarlos y hacerlos trozos pequeños para poder ser transportados, luego de hacer trozos manejables, son cargados en los asnos y llevados a la zona en que están ubicados los hornos. Cuando el carbón es extraído, se empaca en sacos de arpillera y son llevados al mercado del pueblo; estos trabajos los efectúa Othón, junto con otros vecinos, asociados en los hornos de quemado.

Como en todas las familias que viven en el campo, todos los miembros de la familia tienen obligaciones que cumplir; en el caso de Samuel y Efraín, su trabajo consiste en recolectar las ramas pequeñas y desperdicios agrícolas y llevarlos a los hornos, pues estos materiales son necesarios para el proceso, a fin de no perder mucho volumen de carbón comercializable.

En estas condiciones encontramos a los dos hermanos, quienes muy de mañana son despertados por su madre, quien ya les tiene preparado el desayuno, consistente en un plato de gachas de avena acompañado de rebanadas de pan recién horneado por su madre; así también, les tiene preparado un morral con lo necesario para que hagan el almuerzo en el sitio de trabajo donde se encuentren.

El asno que utilizan los hermanos es uno llamado “caracol”, los hermanos no saben por qué razón le pusieron tal nombre, pero suponen que es por la lentitud con que se mueve, sin embargo, es un animal muy trabajador y resistente, además de dócil al manejo por parte de los niños. Muy de mañana, pues, sales los hermanos montados en el noble borrico, rumbo a la zona que tienen determinada para su recolección. Vestidos a la usanza de la región, los niños visten pantalones de manta basta, con camisas de franela y sombrero de palma, sus pies van calzados con sandalias de cuero, bueno, digamos que deberían de ir calzados, pues por lo general, los chiquillos van descalzos y las sandalias cuelgan de sus respectivos hombros.

Recordando a los cachorros de todas las especies animales, los chiquillos basan sus juegos en demostrar quien es el mas fuerte, mediante luchas cuerpo a cuerpo, golpes y empujones, en medio de las risas y el regocijo de los niños y la desesperación de sus padres. Cuando van de viaje montados en “caracol”, gustan de cantar alegres canciones que se escuchan a muy larga distancia, llevados por los vientos que de continuo corren entre los árboles.

Somos dos caballeros
que luchamos contra el mal,
peleamos contra dragones,
contra vientos y tormentas.
Tra la la, tra la la.


Los felices hermanos llegaron al punto del bosque donde había gran cantidad de ramajes caídos, lo que ellos bien sabían que podría presentar un alto riesgo de incendio y con ello la pérdida de muchos árboles. Pero no se piense que solamente los árboles se ponen en peligro con los incendios forestales, pues en esos sitios existe una gran variedad de insectos, reptiles, aves y mamíferos. Todo el conjunto es parte fundamental del entorno ecológico del lugar.

Los hermanos se apearon del asno y se pusieron a rastrillar el terreno, acopiando las hojas y ramas para meterlas en sacos que pudieran ser cargados en el asno y llevados a los hornos.

Después de algunas horas de estar trabajando arduamente, los hermanos se tomaron un descanso, aprovechado para almorzar con las viandas puestas por su madre. Samuel extrajo del morral un atadillo que contenía tortillas de harina rellenas con huevo y queso; también les había colocado rebanadas de jalea de membrillo y unas jugosas y dulces naranjas. Los chamacos almorzaron con buen apetito, el hambre que se logra después del duro trabajo. Al terminar el almuerzo, los chiquillos se tumbaron sobre las hojas secas, descansando muy relajados.

De pronto se empezó a sentir un vientecillo que poco a poco se fue convirtiendo en un vendaval que los envolvió, girando en torno a ellos a una gran velocidad. Los hermanitos se abrazaron aterrados, sintiendo cómo giraban y se elevaban, como absorbidos por un embudo gigante, en su entorno volaban hojas, ramas y animales, envueltos en la vorágine.

Finalmente el viento fue amainando, el descenso fue suave, como llevados por una mano gigantesca que los depositó en tierra. Al sentirse en tierra firme, los asustados hermanos abrieron los ojos, descubriendo que se encontraban en un paisaje desconocido para ellos. En alguno de sus libros escolares habían visto alguna escena parecida, Efraín recordó que cuando estudiaron lo referente a los desiertos, habían hablado algo acerca de los oasis, pero no recordaban que en los entornos del bosque en que vivía hubiese este tipo de paisajes. Los chicos se pusieron en pie y sacudiéndose el polvo de las ropas, miraban sorprendidos ese sitio; todo era nuevo para ellos: las palmeras datileras, cargadas de fruto, las plantas, diferentes a lo visto por ellos, en fin, la arena que los rodeaba.

Distraídos como estaban, no se dieron cuenta de que un singular personaje los observaba sonriente, escondido tras las hojas elegantes que adornaban parte del oasis. El hombrecito era un pequeño genio, vestido con un largo abrigo verde y un sombrero de copa alta de color esmeralda, sus zapatos eran negros y el frente de ellos era como una media esfera. El rostro del mago era de facciones afiladas, con grandes bigotes blancos que le colgaban a ambos lados de la boca.

Efraín fue el primero en verle y lanzó un pequeño grito de sorpresa: ¡Ay…..!, qué es eso, Samuel, o mas bien ¿Quién es él?, dijo, señalando hacia el sitio en que se encontraba el genio.

Al verlo Samuel, también se sorprendió y mecánicamente se acercó a su hermano, como para protegerlo. ¿Quién es usted, señor?, preguntó el niño.

No teman, amiguitos, soy el Genio Astrud. Los he venido observando desde hace algún tiempo y me he dado cuenta de que son dos buenos hermanos, por tal motivo los he premiado con esta pequeña sorpresa.

¿Sorpresa?, preguntó Samuel, ¿en dónde nos encontramos?, nuestros padres se van a preocupar si no regresamos pronto a casa, pues nos tienen prohibido quedarnos en el bosque cuando cae el sol.

No te preocupes, Samuel, dijo el Genio, quien conocía los nombres de los chicos. Aún cuando para ustedes el tiempo sigue corriendo, en el bosque, para sus padres se habrá detenido, hasta que yo los regrese, de manera que no notarán que se han retrasado. Ahora, contestando a tu segunda pregunta, nos encontramos en un oasis del desierto de Sahara, en Arabia. Los he traído aquí para que conozcan otros paisajes y aprecien mejor lo que tienen en sus tierras, además, por cuidar tan bien el bosque en que viven, les premiaré con tres deseos. Pero primero, les invito a hacer un recorrido por los alrededores; el genio, que ya se había acercado a ellos, extrajo del interior de su abrigo una pequeña alfombra, que en cuanto se paró en ella el genio, aumentó su tamaño. El genio invitó a los niños a trepar en ella y al hacerlo, volvió a aumentar su tamaño. Una vez acomodados los tres, el genio chasqueó los dedos y la alfombra empezó a volar, aumentando la altura poco a poco. Los hermanos, tomados de la mano, miraban con la boca abierta por el asombro la inmensidad del desierto arenoso, cuyas dunas se movían como olas en el lago o el mar ante el empuje de los vientos.

Toda esta arena que ven, queridos amigos, dijo Astrud, hace miles de años eran bosques enormes, donde vivían grandes mamíferos, reptiles, aves e insectos, pero por cambios en el clima, el bosque se fue acabando y las arenas empezaron a avanzar, dejando solamente una mínima parte del área como oasis, sitios como el que visitamos y que son los que cuentan con agua todo el año y únicos sitios posibles para mantener la vida, por eso es muy importante que cuiden sus bosques, para que no llegue a ocurrir esto, pues los árboles, además de preservar los mantos de tierra fértil, son una barrera contra los vientos y las corrientes de agua, que propician la pronta desertización de la tierra. En relación a esto, yo les aconsejo que no limpien completamente de hojas el suelo del bosque, pues esa capa de material orgánico, además de que sirve de nutriente a las plantas, evita que los escurrimientos de agua penetren precipitadamente en el terreno, evitando, como les dije, que se lave la superficie fértil. Al mismo tiempo, la presencia de bosques propicia la lluvia y las plantas, además, ayudan a mantener limpio el aire. La importancia que tienen los bosques en la producción de oxígeno atmosférico, la conservación del suelo, la regulación del clima y el albergue de un sinnúmero de especies tanto de animales como de vegetales, hace de ellos ecosistemas indispensables para la conservación de la vida en el planeta.

Bien, ahora volvamos al oasis, se darán cuenta de que el área ocupada es mínima, en comparación con la enorme extensión del desierto. En los oasis se mantiene la vida, pero fuera del ser humano, se reduce a pequeños mamíferos, algunas aves y reptiles y pocas especies de insectos, esto es así, porque la naturaleza es sabia y con la poca vida vegetal y agua que hay en el oasis, si hubiese grandes grupos de especies, terminarían por extinguirse por falta de alimento.

Señor Astrud, dijo Samuel, ahora nosotros tenemos una petición que hacerle, no sabemos si contará como uno de los deseos, en todo caso, así lo asumiremos; hemos platicado Efraín y yo y deseamos hacer un viaje en camello por el desierto, pues hemos visto estampas en los libros y se nos hace muy emocionante. ¿Es posible?

Desde luego que es posible, amiguitos, repuso enfático el genio, hagámoslo de inmediato. Poniéndose en acción, chasqueó los dedos y de inmediato aparecieron un rebaño de camellos, tres de ellos listos para los viajeros y otros mas cargados con bastimentos y tiendas para el viaje, desde luego que aparecieron también los camelleros y sirvientes que nos acompañarían.

Los sirvientes nos proporcionaron túnicas blancas, a las que llamaban thawb, necesarias para soportar el calor en el desierto, así como unas chaquetas de seda denominadas kbrs, las que sujetamos con cinturones de cuero; para cubrirnos la cabeza, nos dieron turbantes también blancos, con una banda, colgante del mismo turbante, nos cubrimos la cara, dejando solamente descubiertos los ojos, de esta forma, todo el cuerpo estaría protegido de los rayos solares, pues los mantos blancos reflejan la mayor parte de la energía solar, protegiendo la piel.

Astrud continuó con su misma ropa y tal parece que a él no le molestaba para nada el calor del sol. La caravana se puso en marcha y durante unos cientos de metros batallamos para adaptarnos al movimiento de los camellos, aunque la silla en que íbamos era cómoda, todo está en saber cruzar una pierna, de forma que no va uno a horcajadas, como en un caballo.

Llegó un momento en que ya no vimos mas el oasis, todo a nuestro rededor era arena, grandes dunas que se movían como un suave oleaje. Como estábamos acostumbrados a vivir en la montaña, aprendimos a orientarnos por la posición del sol, de manera que consideramos que nos estábamos moviendo hacia el Norte; de cualquier manera, de poco nos servía esta información.

Ya casi al atardecer, empezó a soplar un viento fuerte, que poco a poco empezó a levantar cortinas de arena, las que nos golpeaban el cuerpo, haciendo doloroso el baño de arena. Los sirvientes se detuvieron, todos descendimos de los camellos a los que obligaron a echarse, dando la espalda al viento, nosotros nos acomodamos utilizando el cuerpo de los camellos como protección, cubiertas las caras con los colgantes del turbante. El viento y la arena pasaban sobre nosotros con una fuerza inusitada. Cuando finalmente cesó el viento, nos levantamos trabajosamente, pues parcialmente habíamos quedado cubiertos por la arena. Los sirvientes pararon a los camellos y estos se sacudieron la arena acumulada sobre sus cuerpos. Fue una experiencia emocionante, pues, por efecto de los vientos, el paisaje había cambiado por completo. Me di cuenta que no podemos guiarnos por montes o colinas, como en el bosque, pues en el desierto esas formaciones cambian drásticamente y lo que fue un monte hace una hora, hoy puede ser una planicie. Efraín y yo nos miramos sorprendidos, pero satisfechos. Como ya estaba ocultándose el sol, los sirvientes levantaron las tiendas, las cuales son bajas y rectangulares, están hechas de pelo de cabra o de camello. Prendieron fuego y empezaron a preparar la cena. Dentro de la tienda extendieron tapetes y colocaron cojines, nos proporcionaron lavamanos y jarras con agua para lavarnos y refrescarnos.

Bueno, niños, ¿qué les ha parecido la aventura?, ¿no se han cansado?, preguntó Astrud.

Ha sido emocionante, contestó de inmediato Efraín, es una aventura maravillosa que no me la van a creer mis amigos cuando les cuente; desde luego que mamá y papá pensarán que estamos locos.

No deben olvidar que para sus padres el tiempo no está transcurriendo, por lo que no entenderían cómo, durante el tiempo de su estancia en el bosque, pudieron haber viajado a Arabia. No, definitivamente pensarán que son fantasías de ustedes.

Poco después, todos sentados alrededor de una gran hoguera, teniendo por fondo el resplandor de las arenas del desierto que reflejaban la luz de la luna. Los sirvientes habían preparado gallinas asadas, jarras de refrescante agua de sabores exóticos, dátiles y pasteles enmielados y mil exquisiteces mas. Después de la cena y de la plática de sobre mesa, los chicos empezaron a sentir sueño, incrementado por el cansancio y las emociones vividas. Ambos se retiraron al interior de la tienda y se dejaron caer, exhaustos, sobre unos mullidos cojines, sumiéndose en un profundo y reparador sueño. De pronto Samuel empezó a sentir unas fuertes sacudidas y espantado abrió los ojos, gritando:

¡Qué….., qué pasa……, está temblando….! ¿o es el viento?.

Cual viento, escuchó la voz de Efraín, ya despierta, que se nos hará tarde para volver a casa, ya el burro está cargado, te quedaste dormido y no quise despertarte, pero ya terminé y tenemos que volver para llevar la carga a los hornos y llegar a casa para la cena.

Samuel entonces recordó su sueño y sonriendo nostálgico, levantó su sombrero y echó a caminar detrás del asno. Algún día, tal vez, tendría oportunidad de ir a conocer el desierto….





L É X I C O

Rastrillar Limpiar el terreno con un rastrillo
Aterrados Llenos de terror
Vorágine Remolino impetuoso que se forman en algunos parajes.
Amainando Perder su fuerza el viento, la lluvia, etc.
Oasis Zona de vegetación y agua que se encuentra aislada en los desiertos
Desertización Proceso que convierte la tierra fértil en desierto, por la erosión.
Vislumbren Ver algo confusamente por la distancia o falta de luz.
Asumiremos Aceptar y tomar conciencia de lo propio.
a horcajadas Postura para montar un caballo o manera de sentarse en una silla.
Inusitada Poco usual, raro.