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lunes, 7 de marzo de 2011

DONDIN Y LOS COLIBRIES (V)

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Dondín XVIII había tenido unos días muy ocupados en la mina, ayudando a sus hermanos, por lo que no había ido con regularidad en busca de Esteban, su niño protegido, hijo de los molineros de la región. El niño había cumplido ya los cuatro años y en realidad extrañaba las visitas de su amigo el duende. En ocasiones preguntaba a su madre por Dondín, su amigo y, sonriendo, la madre acariciaba la cabeza del niño diciéndole indulgente:

—No te preocupes, Esteban, tú llámalo y cualquier día vendrá a verte.

La madre se retiraba sonriendo ante la inocencia de su retoño, añorando esa dorada edad en que todo en la vida eran los juegos y las fantasías. Esteban ciertamente le hacía caso a su madre y llamaba a Dondín por medio de sus amigos.

—Conejito, por favor, dile a Dondín que venga a jugar conmigo. O le pasaba el recado a una golondrina que anidaba en el alero del molino; o cuando, acompañado de su madre llegaban a la orilla del estanque, buscaba a un gran sapo verde que vivía entre los juncos y le hacía la misma petición. Y todos los recados llegaban al diligente duende.

Finalizados los trabajos urgentes, Dondín avisó a sus hermanos que tenía necesidad de atender los llamados de su protegido, partiendo a la mañana siguiente a cumplir con esa obligación.

Era el mes de Mayo y las plantas estaban en plena floración, por lo que se miraba una gran actividad de abejas, avispas y demás insectos relacionados con las flores. Pero además, los colibríes de todos colores se mostraban particularmente trabajadores, pues estaban en plena época de reproducción.

Debido a las lluvias de la temporada, el campo estaba lleno de pastos, zacates, tréboles, hongos de todos tamaños, formas y colores y una variedad casi infinita de plantas y árboles, lo que hacía mas lenta la marcha del pequeño duendecillo. Aún cuando Dondín podía hacer el recorrido volando mediante su magia, lo hacía a pie, pues de esa forma revisaba que todo el bosque, que estaba a su cuidado, se mantuviera en buena forma. Al llegar al estanque se encontró con su amigo el sapo verde, quien amablemente lo cruzó montado Dondín en el lomo del batracio.

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DONDIN Y LOS COLIBRIES

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Dondín XVIII había tenido unos días muy ocupados en la mina, ayudando a sus hermanos, por lo que no había ido con regularidad en busca de Esteban, su niño protegido, hijo de los molineros de la región. El niño había cumplido ya los cuatro años y en realidad extrañaba las visitas de su amigo el duende. En ocasiones preguntaba a su madre por Dondín, su amigo y, sonriendo, la madre acariciaba la cabeza del niño diciéndole indulgente:

—No te preocupes, Esteban, tú llámalo y cualquier día vendrá a verte.

La madre se retiraba sonriendo ante la inocencia de su retoño, añorando esa dorada edad en que todo en la vida eran los juegos y las fantasías. Esteban ciertamente le hacía caso a su madre y llamaba a Dondín por medio de sus amigos.

—Conejito, por favor, dile a Dondín que venga a jugar conmigo. O le pasaba el recado a una golondrina que anidaba en el alero del molino; o cuando, acompañado de su madre llegaban a la orilla del estanque, buscaba a un gran sapo verde que vivía entre los juncos y le hacía la misma petición. Y todos los recados llegaban al diligente duende.

Finalizados los trabajos urgentes, Dondín avisó a sus hermanos que tenía necesidad de atender los llamados de su protegido, partiendo a la mañana siguiente a cumplir con esa obligación.

Era el mes de Mayo y las plantas estaban en plena floración, por lo que se miraba una gran actividad de abejas, avispas y demás insectos relacionados con las flores. Pero además, los colibríes de todos colores se mostraban particularmente trabajadores, pues estaban en plena época de reproducción.

Debido a las lluvias de la temporada, el campo estaba lleno de pastos, zacates, tréboles, hongos de todos tamaños, formas y colores y una variedad casi infinita de plantas y árboles, lo que hacía mas lenta la marcha del pequeño duendecillo. Aún cuando Dondín podía hacer el recorrido volando mediante su magia, lo hacía a pie, pues de esa forma revisaba que todo el bosque, que estaba a su cuidado, se mantuviera en buena forma. Al llegar al estanque se encontró con su amigo el sapo verde, quien amablemente lo cruzó montado Dondín en el lomo del batracio.

—Gracias, por cruzarme, señor sapo, pues tengo prisa por llegar a casa de Esteban, que me ha hecho llegar muchos recados.

—Así es, repuso el sapo con su gruesa voz de barítono, precisamente el día de ayer me encargó darte el recado de que fueses a buscarlo.

Luego de despedirse, Dondín continuó su camino y a poco llegó hasta el terreno del molino de los padres de Esteban, encontrando al niño medio aburrido, jugando con su camioncito de madera que su padre le había construido. Al ver llegar al duende, gritó con alegría.

—¡Dondín!, qué bueno que has llegado, te he extrañado…

—Yo también te eché de menos, querido amiguito, pero teníamos trabajos urgentes en la mina y mis hermanos requerían de mi ayuda. Pero ya estoy aquí para jugar contigo.

—Mejor llévame a hacer algún viaje, Dondín, pues hace tiempo que no salimos de mi jardín.

—Tienes toda la razón, Esteban, vamos a visitar a unos simpáticos amiguitos, te van a gustar, ya lo verás.

La madre de Esteban cantaba muy alegre, en tanto sacudía unos tapetes y barría los alrededores de su casa, pendiente de lo que hacía su pequeño hijo.

—Bueno, Esteban, ya sabes lo qué debemos hacer, toma mi mano y “volaff”, dijo con alegría el duende y los dos amigos se elevaron, en tanto la madre de Esteban se quedó como congelada en el tiempo, con una vara a punto de azotar un tapete y una dulce nota de su canto flotaba en el espacio.

—Dime a dónde me llevas, Dondín, dijo Esteban gritando para hacerse oír entre el sonido del viento.

—Ya lo verás, amiguito, es una sorpresa.

El duende continuó volando, llevando de la mano al niño, quien reía feliz de estar en la aventura. Llegando a su destino, se posaron sobre la rama de un grueso árbol y muy cerca de unas flores rojas con forma de campana, teniendo a la vista a un afanoso colibrí que, en tanto se sostenía en el aire, libaba goloso el dulce néctar de las flores.

—¡Qué hermoso pajarito!, dijo entusiasmado Esteban, parece hecho de metal, por tantos colores que reflejan la luz del sol.

—Efectivamente, Esteban, ahora te voy a reducir de tamaño para que podamos platicar con esos traviesos pajarillos.

Dondín dijo la palabra mágica señalando a Esteban: “chiquipuaff” y de inmediato el niño quedó reducido al tamaño de Dondín. Ya los dos amigos convertidos a la misma estatura, Dondín se dirigió al colibrí y le saludó.

—Buenos días, señor Colibrí, ¿no le molesta que le interrumpamos?

—Mmmmm…, dijo remolón, tú sabes que me molesta que invadan mi territorio, pero está bien, pues sé que no vienes a beber de mi néctar. ¿Qué quieren?

—No hagas mucho caso, dijo por lo bajo Dondín a Esteban, estos pajarillos son muy enojones cuando otro colibrí entra a su territorio.

—Traigo a mi protegido Esteban, respondió el duende al ave, pues solamente los había visto de lejos y yo le he comentado que son aves muy interesantes.

—Pues gracias, por recomendarnos, dijo regodeándose; pero platícale un poco tú en tanto yo termino de almorzar, ¿quieres?

—Claro que sí, señor colibrí, repuso Dondín.

—Pues en tanto termina su almuerzo el pajarillo, dijo a Esteban, te contaré algunas cosas de estas singulares avecillas. Dentro del reino de las aves, son las que mejor han aprendido a volar, pues por su escaso peso, pueden volar hacia arriba, abajo, atrás y a los lados, sin cambiar de posición, todos sus movimientos los realizan en tanto eligen la flor y le extraen el néctar.

—Pero ¿cómo se sostienen en el aire sin avanzar?

—Eso es por la velocidad a que mueven sus alas, entre 60 y 80 veces por segundo. Las hay de distintos tipos, pero todas son endémicas de América, desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Las hay de distintos tamaños, desde cinco, hasta diez o doce centímetros y de picos diferentes, según el tipo de flores que les sirvan de alimento. Las hay de pico corto, largo como esta o pico curvo.

—Pero ¿cómo le hacen para comer dentro de la flor?, preguntó el niño.

—en realidad su pico oculta una larga lengua, algunos tienen la punta bífida, otros con pelillos en la punta, pero todos la tienen hueca, como un tubito por donde absorben el néctar, cuando la retraen, la lengua se enrosca dentro del cráneo del ave.

—Pues debe ser muy cansado estar volando tanto para poder comer, dijo Esteban.

—Para ellas no, tanto, Esteban, pues están condicionadas para ello, pues como te dije, pesan poco, desde cinco, hasta 200 gramos. Pero tienen un gran corazón, el cual ocupa el 70% del peso del ave. En comparación, el peso del corazón de un hombre adulto es del 0.05%; pero también por ello, tienen necesidad de comer mucho, todo relativo a su propio peso, pues un colibrí puede comer durante 16 horas, manteniéndose en vuelo.

Esteban escuchaba asombrado el relato que le hacía el duende, pensando qué mas podría preguntarle.

—Y sus hijitos, ¿en dónde están?

—Eso también es curioso, Esteban, los colibríes son aves solitarias y como te dije, muy celosas de su territorio. Cuando es la temporada de celo, los machos lucen sus mejores colores y entonan dulces cantos, la hembra escoge al que mas le gusta. Luego de aparearse, construyen su nido con las fibras de algún árbol o planta o con tela de arañas y saliva. La hembra pone dos huevecillos del tamaño de chícharos y solamente la madre los cuida. Luego de 15 días, eclosionan los huevos y salen los polluelos, sin plumas; la madre los alimenta durante otros 15 días, mas o menos, durante ese tiempo van cubriéndose primero de un fino plumón gris y a poco van adquiriendo sus colores. Los siguientes 15 días los ocupan en aprender a volar.

—Pero mira, dijo Dondín, parece que ya terminó su almuerzo y viene hacia acá.

—Muy bien, amigos, ya les puedo dar unos minutos para platicar. ¿Qué quieren saber?

—Señor colibrí, preguntó Esteban, ¿por qué tienen colores tan bonitos?

—Gracias por el cumplido, amiguito. Cuenta una leyenda que en la antigüedad se pensaba que nosotros éramos los representantes del amor, nos llaman de diversas formas, colibríes, chupa rosas, pica flor, chupamirto. Así, chupamirto, nos llamaban antiguamente en México y decían que si se llevaba un chupamirto muerto y disecado como amuleto, el ser amado vendría. Pues bien, dice la leyenda que un príncipe vivía donde se origina el arco iris, pero vivía muy triste porque no había encontrado el amor. Cierto día miró un pajarillo de plumaje gris, que así entonces eran los colibríes y le pidió que fuera en busca de su amada. El pajarito voló siguiendo el arco iris hasta donde terminaba, encontrando en ese lugar el tesoro, que no era mas que una hermosa joven, quien también esperaba a su amado. En premio, el príncipe del arco iris, vistió al colibrí con sus propios colores. Cuando el pajarito murió, la princesa y el príncipe amortajaron el cuerpecito y lo envolvieron en una seda muy fina, era tan pequeño el cuerpo, que lo usaba como dije en un collar; así lo hizo en memoria del chupamirto, por haber reunido a los dos amantes.

—Qué bonita historia, señor colibrí, yo creo que es cierta, pues ustedes son muy bonitos, pero veo que se ensucian de polvito cuando comen, ¿no les molesta?

—No, Esteban, al contrario, esa es nuestra función en la naturaleza, pues ayudamos a la polinización de las flores y a mantener la vida de esas especies.

—Bueno, Esteban, dijo Dondín, es tiempo de despedirnos y dejar al señor colibrí que siga con su tarea y nosotros debemos volver al lado de tu madre.

Despidiéndose del pajarito, los amigos se retiraron, ofreciendo volver otro día para conocer mas acerca de la vida de los colibríes.

Cuando llegaron al jardín del molino, Dondín chasqueó los dedos y la madre de Esteban golpeó con fuerza el tapete, desprendiendo mucho polvo. Las notas musicales de su canto se extendían por los alrededores. Esteban corrió al lado de su madre y esta lo levantó en brazos, cubriéndolo de besos. Dondín los miraba con ojos de satisfacción.









LEXICO

Indulgente          Inclinado a perdonar, a no mirar los errores.
Barítono             Cantante de voz grave, voz entre el tenor y el bajo.
Regodeándose   Deleitarse o complacerse en lo que le gusta.
Endémicas          Propio o exclusivo de ciertas regiones.
Bífida                  Que se separa en dos partes
Aparearse           Juntarse las hembras y los machos para procrear.
Eclosionan          Cuando la crisálida o el huevo se rompe para salir la cría.
Polinización         Paso del polen desde el estambre en que se ha producido
                            hasta el pistilo en que ha de germinar.


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sábado, 26 de febrero de 2011

El Jardín de las hadas (V)

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Este cuento está dedicado a mis dos nietecitas, Pamela de 10 años y Andrea de 7, en quienes vi a las dos personitas que lo protagonizan


Había un pueblito en un país muy lejano, montado sobre una agradable colina; el pueblo se encontraba en las orillas de un hermoso lago, cerca de la desembocadura de un río muy caudaloso. En las riberas del lago crecían una gran variedad de plantas y flores y en el lago proliferaban una enorme variedad de peces: iridiscentes truchas, plateadas carpas y un sin fin de peces multicolores. Entre los juncales croaban las ranas y en la temporada llegaban patos, gansos y cisnes que llenaban el ambiente de graznidos y piar de polluelos. En verano, los alrededores del lago florecían en un arco iris de mil formas y las fresas y moras silvestres llenaban de alegría a los niños, ante la perspectiva de saborear deliciosos pasteles que sus madres les hornearían.

La actividad económica del pueblo se basaba en la fabricación de muebles de madera y artesanías fabricados con las ricas maderas que les proporcionaba el bosque de la colina cercana al pueblo; así también, la cestería que se desarrollaba mediante la utilización de los juncos que crecían en los humedales. Los habitantes del pueblo eran celosos guardianes de sus bosques y sus aguas, pues entendían que gracias a ellos se había desarrollado y sostenido la vida de sus pueblos ribereños, por tal motivo, en cuanto a los bosques, por cada árbol que se cortaba para fabricas muebles o producir leña para calentar los hogares en invierno, se tenía la obligación de sembrar cincuenta nuevos arbolitos, para de esa forma no se agotara la vida arbórea. De la misma manera, había, personas dedicadas a mantener un vivero, a cuidar los almácigos, a realizar el trasplante, a mantener limpio el bosque, todas estas actividades mantenían ocupado al pueblo y, por lo tanto, el comercio era otra actividad muy rentable, pues debido al trabajo constante, los lugareños siempre tenían dinero para adquirir diversos bienes.

viernes, 25 de febrero de 2011

Dondín y las luciérnagas

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Una tarde de verano, Dondín se encontraba ayudando a Esteban a construir un juguete, construido a partir de trozos de madera y pegamento, en realidad llevaban todo el día intentando armar el juguete y no acababa de gustarle al niño, por lo que una y otra vez lo desarmaban y volvían a intentarlo. De haber querido, Dondín se lo podría haber hecho a base de su magia, pero era necesario que Esteban aprendiera a valerse de sus habilidades manuales, desarrollando su intelecto, pues cuando fuera mayor, que se terminara su inocencia y dejara de creer en los duendes, se habría acabado su relación con Dondín y se atendría solo a sus propias habilidades y conocimientos, por tal razón, el duende solamente lo iba guiando, aconsejando, pero siempre dejaba que Esteban decidiera lo que haría.


En tanto Esteban y Dondín se entretenían en el jardín, el molinero Jacobo, padre de Esteban, miraba a su hijo jugando con unos palitos, nunca se imaginaría que estaba en compañía de un duende que lo cuidaba y enseñaba. Jacobo se afanaba en reparar las paletas del molino, que se habían roto el día anterior; le urgía terminar de repararla, pues se le acumulaban los sacos de trigo en la bodega y sus clientes le urgían en la entrega de harina. Jacobo estaba empeñado en labrar un grueso tablón que serviría para reparar el álabe, que era el mecanismo que hacía que el agua moviera el molino, con formones y hachuela retiraba trozos del tablón para darle la curvatura necesaria. En tanto Soledad, la madre de Esteban, limpiaba a conciencia el interior del molino, particularmente en las zonas que, al estar en movimiento el mecanismo, se hacía difícil de limpiar. La señora canturreaba una tonadilla que hacía sonreír a su marido y ponía contento a Esteban, decía mas o menos así:

Dondín y los murciélagos (V)

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Una de tantas noches en que Dondín había salido de su casa para cumplir con sus obligaciones, debajo de un gran hongo aplanado color blanco y tallo gris, se encontraba postrado un joven murciélago, al verlo Dondín, se acercó solícito a ayudarlo, pues bien sabía que ese no era un sitio apropiado para dicho animalito.

—Hola, pequeño, ¿qué te sucede?, ¿te puedo ayudar?
—Gracias, -respondió el murciélago- lo que pasa es que me lastimé un brazo y no pude volar para alcanzar a mi familia.
Dondín, se acercó al herido y con mucho cuidado levantó su brazo izquierdo, a fin de desplegar la membrana que forma una especie de ala y la que les posibilita volar, el pequeño mamífero hizo un gesto de dolor y el duende se pensó que tenía fracturado un dedo.
—Mira, -le informó Dondín- se te rompió un dedo y tenemos que inmovilizarlo para que pueda sanar, pero en tanto, no podrás volar. ¿Está lejos tu casa?
—No muy lejos, ¿conoces el viejo molino?, pues mi casa está en el sótano de ese lugar y la entrada está muy cerca del piso, por lo que, una vez ahí, me las podré arreglar para llegar, pero, ¿Cómo llegar hasta allá?

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Dondín y su mundo (V)

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Hola, mi nombre es Dondín XVIII y soy lo que llaman un duende, nací en las montañas serranas del Estado de Guerrero; es un valle muy hermoso, cubierto de altos pinos, de altos y jugosos pastizales y cruzado por frescos arroyos que bajan de las montañas.

Soy uno de los hijos mas jóvenes de unos padres maravillosos: Quintón VIII y Lepina XII. Somos veinte hermanos y quince hermanas; yo tengo 120 años y como dije, soy de los hijos menores. Como somos familias muy numerosas, para evitarse confusiones con un número muy grande de nombres para cada hijo, desde hace siglos se optó por la costumbre de poner a los hijos un mismo nombre, seguido del número que corresponda, según su nacimiento; lo mismo ocurre con las niñas.

Nuestros antepasados vinieron de lo que se conoce como Europa, creo que del sur de Suiza y del Norte de Italia y llegaron a tierras de América a bordo de alguno de los grandes barcos cargados de mercancías que con regularidad arribaban a las costas de lo que hoy es el Estado de Guerrero, recuerdo que le llamaban la Nao de China, aunque mas bien venía de Filipinas, todo esto lo aprendí en la escuela y por lo que me han contado mis padres, que a su vez lo escucharon de mis abuelos. Posteriormente recorrimos por tierra, a bordo de carretas, estas tierras tan fértiles y hermosas, las carretas formaban parte de grandes caravanas de mercaderes que recorrían el país, llegando mucho mas lejos de donde nosotros nos quedamos; algunos parientes se quedaron en las costas y por allá han formado grandes colonias. Mi familia prefirió buscar fortuna en las tierras del interior, hasta que llegaron a este hermoso valle en que vivimos.
Nuestra casa se encuentra localizada en una gran colonia que se extiende por muchos kilómetros de túneles excavados por topos y fue construida entre las fuertes raíces de un gran pino. Nuestra casa no es muy grande, pues tenemos una familia pequeña, pues hay familias compuestas por cientos de habitantes, por lo que tienen que construir casas de múltiples pisos, para ir dando acomodo a los hijos, según vayan llegando. Mis padres son segunda generación de los primeros colonos. Somos muy pequeños, comparados con los seres humanos, pues apenas levantamos diez centímetros del suelo, claro que hay unos mas pequeños y unos pocos mas altos. En realidad no nos preocupa nuestra estatura. No se crea que llevamos una vida ociosa, para nada, pues tenemos la obligación de adoptar a un humano y ayudarle en todo lo que sea posible, la única condición para que nos vea, es que crea en nosotros; por tal motivo, solo nos pueden ver mientras son niños, pero los seguimos ayudando durante toda su vida. Por esta misma razón yo he tenido unos doce hombres y mujeres a quienes cuidar.


Dondín y el gnomo (V)

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Ha sido una temporada de mucho trabajo para Dondín y su familia, los trabajos en la mina han sido intensos, pero ha rendido muy buenos resultados, lo que ha permitido a los Duendes ofrecer buenas ayudas a los hombres y mujeres honrados que lo han merecido; no obstante las riquezas que han repartido, los metales y piedras valiosas se les han ido acumulando, en tal cantidad, que el Consejo ya tiene pensado buscar otro sitio donde almacenar sus productos. Esta medida lleva también la necesidad de abrir otra colonia, pues la sobrepoblación ya empieza a ser un problema; siempre cuidadosos de la ecología, los duendes saben bien que la sobrepoblación les acarreará grandes problemas si no se toman medidas para solucionarlo.
El agua que les llega de los manantiales aledaños ya empieza a sentirse escasa, sobre todo en época de estiaje; se han ido realizando obras adicionales para captar escurrimientos cada vez mas lejanos y la disposición de los desperdicios de la colonia también los empiezan a rebasar, aunque en realidad los desperdicios orgánicos siempre los han utilizado para fertilizar sus tierras de cultivo, los desperdicios no reciclables son difíciles de manejar y ocupan extensiones de terreno que van perjudicando al bosque y a los animales que habitan en tales terrenos. Por tales motivos, hace tiempo que se viene elaborando un censo de la colonia, a fin de ir seleccionando a las parejas de recién casados o con poca familia, a fin de que ellos sean los primeros colonos de esa eventual colonia.

Quintón VII, padre de los Dondines y sus hijos, fueron comisionados por el Consejo de Ancianos para buscar el sitio ideal para esa nueva ciudad, sin olvidar, desde luego, el nuevo almacén de minerales. No era por demás recordarles que sería ideal que se encontraran nuevos yacimientos de minerales, pues de esa forma, los duendes no tendrían que viajar diariamente a trabajar en la mina actual.

DONDIN Y EL ENCUENTRO (V)

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Dondín salió muy temprano de casa, tenía la intención de ir en busca de fresas silvestres para que su madre les hiciera un rico pastel; hacía pocos días que, montado en su topo favorito, había llegado a un agradable páramo donde halló grandes matas de fresas silvestres, en ese momento aún estaban verdes, pero suponía que ahora ya estarían maduras. Montado en su topo “Quiscus” avanzaba a buen trote, llevaba dos grandes canastos que pensaba llenar de dulces fresas y volver a casa a tiempo para la cena. Era temprano aún, pues el sol apenas empezaba a subir la cuesta de la montaña, el viento fresco de la mañana acariciaba el rostro del duende y su sombrero verde de largo capirote terminado en sonoro cascabel.

De pronto el topo se detuvo asustado y algo le cayó en la cabeza a Dondín, haciéndolo caer estrepitosamente de su montura; atontado por el golpe, el duende se incorporó, encontrándose de frente con un ser muy singular: Su ropa era de color rojo, al igual que su cabello, pero su piel era de un rosado encendido, una gran capa color granate le cubría el cuerpo y su cabeza estaba tocada con un gran sombrero de ala ancha, sus zapatos eran de suave gamuza, pero del mismo color que su vestimenta. La estatura del extraño ser era similar a la de Dondín, pero sus ojos, orejas y nariz, eran muy grandes, particularmente los ojos llamaron la atención de Dondín, pues eran intensamente azules, grandes y saltones, como grandes canicas pegadas al rostro de un muñeco.....
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Dondín y el genio de la gruta (V)

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Dondín había tenido un día muy atareado trabajando en la mina, su trabajo consistía en acarrear en carretilla los cristales que sus hermanos iban extrayendo; ese día habían hallado una buena veta de esmeraldas y ya había hecho cinco viajes al almacén, en uno de esos viajes, casi ya de salida del tiro de la mina, en un tiro lateral a medio excavar, le pareció ver una pequeña luz, curioso se acercó y, efectivamente, entre algunas piedras se filtraba un tenue rayo de luz; intrigado, Dondín retiró las piedras sueltas y pasó entre ellas, buscando el origen de aquella luz, cuando al fin pudo pasar, se encontró en una cámara muy grande, llena de cristales de diamante de todos los colores del arco iris, el brillo de las piedras era el reflejo de una gran luz que provenía del techo de la gruta.




El duende estaba ensimismado en la contemplación de tal belleza y no se percató de una figura enorme que se acercaba a él.




Hola, pequeño duende, bienvenido a la gruta de los sueños, -el gigante habló con voz gruesa que resonaba en las paredes de la gruta-

Sobresaltado, Dondín volteó de repente y al ver el tamaño de la persona que hablaba, perdió el equilibrio y cayó sentado, mirando hacia arriba, a la cara del gigante.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Dondín y el genio del bosque (V)

Safe Creative #1101308371973 Uno de tantos días. Dondín salió de su casa muy temprano, su madre le había encomendado buscar setas para la cena y Dondín conocía un sitio en el bosque donde había una gran cantidad de estos hongos. Dondín caminaba contento, seguido por su fiel topo “Kukú”, que le serviría para transportar las setas. La noche anterior había llovido y cuando esto ocurre en la montaña, es frecuente encontrar bajadas de agua en sitios donde regularmente está seco, así sucedió y al girar en un recodo del camino, una corriente de agua les impedía el paso. A fin de no correr riesgos, el duende y su animalito caminaron cuesta abajo, en busca de algún remanso donde poder cruzar la corriente. Dondín estaba en lo cierto, mas abajo existía una pequeña planicie, donde el agua se remansaba, el duende se montó sobre Kukú y confiadamente cruzaron el pequeño remanso; una vez al otro lado, siguió montado en su topo y volvieron a subir, a fin de retomar su camino.

La mañana era fresca y soleada, las plantas se mostraban lozanas y coloridas, pues la lluvia de la noche les había lavado el polvo acumulado durante varios días. Las aves canoras llenaban el ambiente de dulces cantos y los animales correteaban gustosos en busca de sus alimentos. Un venado macho de gran cornamenta estaba parado, muy altivo, en lo alto de unas peñas, mirando el horizonte, cuidando a su rebaño que pacía en los alrededores.

Dondín y las serpientes (V)

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Se encontraba Dondín descansando debajo de un gran hongo cuando sintió que algo se movia entre las plantas de los alrededores, consciente de que ningún animal del bosque ataca a los duendes, Dondin no se preocupo demasiado, asi que solamente se ladeo el gorro para cubrirse la cara y siguio sumido en sus pensamientos.

De pronto el sonido inconfundible de un animal reptando, por lo que de inmediato se incorporo, en el preciso instante en que una enorme boa, abría sus fauces, tratando de devorarlo; de forma instantánea, levantó una mano, haciendo un gesto mágico que dejó como congelada a la serpiente, desde luego sin lastimarla, el reptil estaba consciente y se notaba apenado por lo que estuvo a punto de hacer. Dondín bajó la mano y la serpiente recobró el movimiento. Dondín la ragañó:

_Pero qué ibas a hacer, ¿no te das cuenta que no soy tu alimento?

_Perdona, dijo la serpiente apenada, lo que sucede es que ya no veo bien, estoy muy vieja y cuando sentí tu presencia, por el tamaño pensé que era un conejo.

Dondín con Esteban y las hadas (V)

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Cierto día se encaminaba Dondín a la casa de Esteban, su protegido, a quien cuidaba en tanto sus padres se afanaban en el molino. La mañana era alegre y luminosa, los pajarillos revoloteaban gozosos antes de llegar a sus nidos para alimentar a sus polluelos. Los colibríes libaban golosos el dulce néctar de las flores y las abejas zumbaban en su diario trajín, buscando su alimento y ayudando a la polinización de las plantas.

En su camino, entre tréboles, pastizales y familias de hongos multicolores, Dondín caminaba, silbando una melodía que su madre les cantaba cuando eran pequeños y que siempre que se encontraba tranquilo y feliz, le venía a la memoria. De pronto se acercó a su rostro una hermosa mariposa de alas transparentes y colorido cuerpo, quien traviesa, le hizo cosquillas en la nariz con su vivo aletear.

—¡Oye, pequeña!, que me das comezón en la nariz. Ja, ja, ja.

Dondín y la cueva encantada (V)

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Cierto día de primavera, por cierto un fin de semana y por tanto no había clases, Dondín salió muy temprano de su casa, iba a reunirse con sus hermanos para trabajar en la mina, pero ellos, por ser ya mayores, salían desde mucho antes de amanecer. La salida de su casa estaba oculta entre una auténtica selva de hongos, los cuales habían crecido con las lluvias nocturnas de la temporada; por tanta humedad, los hongos había alcanzado un tamaño extraordinario, de manera que el joven duende podía caminar bajo ellos como si fueran árboles. Dondín caminaba muy orondo, con sus orejas puntiagudas, su prolongada nariz respingada, su gran sombrero verde, adornado con una hermosa pluma blanca, su chaqueta y pantalones rojos, así como unos bellos zapatos rojos de puntas rematadas por el alegre tintineo de cascabeles.

Los hongos presentaban formas y colores diferentes: Unos eran blancos, planos y redondos, de tallo robusto; otros eran blancos con motas rojas y azules, de forma cónica y también tallo grueso. Los había grandes y planos, como hojas de espárrago, de tallos delgados y flexibles; otros mas que parecían paraguas enormes, de colores muy vivos. Todo ello daba un toque colorido y festivo al paisaje que nuestro amiguito iba recorriendo. Dondín caminaba distraído, disfrutando de la fresca mañana; las plantas y flores aún presentaban el brillante adorno del rocío matutino y sus gotas parecían joyas finas adornando la naturaleza. El duende aspiraba con fruición los dulces aromas de las plantas y las flores, algunas mariposas revoloteaban sobre los macizos de flores, en busca del dulce néctar; colibríes multicolores, como joyas voladoras, sumergían sus largos picos para libar el néctar, suspendidos en el aire por sus vertiginosos movimientos de alas, cuando quedaban saciados salían volando a velocidades increíbles, rumbo a sus nidos, para alimentar a sus diminutas crías.

Dondín se va a la escuela (V)

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Como todos los niños, Dondín tuvo que asistir a la escuela, en un principio le causó mucho enojo, pues estaba acostumbrado a pasar el día jugando con sus amigos y hermanos, así es que cuando sus padres le dieron la noticia, el niño hizo una gran rabieta. Sus hermanos mayores le explicaron que era divertido el asistir a la escuela y que podría conocer a otros niños y aprender otros juegos; finalmente el niño estuvo de acuerdo y no del todo convencido, un buen día salió muy de mañana a enfrentarse a ese reto.

-El desayuno está listo, avisó su mamá, todo mundo arriba que hay que ir a la escuela.

La habitación de los hombres era muy larga, pues, además de albergar las camas de dieciocho niños y jóvenes, contaba con un espacio suficiente para dar cabida a dos grandes mesas de trabajo, donde todos llegaban a hacer sus tareas. Las camas eran de una hermosa manufactura de madera, tallada y torneada. Todos los muebles estaban pintados en un tenue color azul; las sobrecamas y sábanas, así como las cortinas de las ventanas, habían sido elaboradas por las mujeres de la familia y estaban decoradas con dibujos y colores de la naturaleza.

Dondín y el puma enojado (V)

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La familia de Dondín había organizado una comida y acampada en el bosque, era a finales del verano y la sierra de Guerrero, con su agradable clima, invitaba a la convivencia y al disfrute de la naturaleza. Los aguaceros nocturnos hacían que el campo se vistiera de mil colores; los árboles de frondoso follaje servían de nido a miríadas de pajarillos de todos colores y ensordecedor piar.

Lepina y Quintón, los padres de Dondín, habían preparado una espléndida mesa, servida con los mas ricos manjares y los elíxires mas deliciosos. Para compartir con su familia, Quintón había invitado a sus vecinos y mejores amigos de la colonia: Prype y Layra, padres de quince ruidosos niños de nombre Odyno y doce niñas llamadas Lulú; estos chicos y chicas, eran los mejores amigos de los Dondin y las chicas Clavelyna, hermanas de los Dondín.

Juntas ambas familias causaban gran revuelo en el bosque y enseguida aparecían sus amigos: conejos, liebres, ardillas topos y ratones; mariposas multicolores y pequeños colibríes; en fin, la fauna toda que habitaba en el bosque de la montaña.

Dondín y el asno que hablaba (V)

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Dondín cuenta un cuento

Se hallaba Dondín XVIII trabajando en la mina con sus hermanos, recién habían encontrado una nueva veta de esmeraldas y los trabajos previos a su explotación los tenía muy ocupados.

Como Dondín era de los hermanos menores, su trabajo consistía en sacar de la mina las piedras y tierra que los duendes mayores iban retirando para poner al descubierto la veta. En uno de tantos viajes al exterior de la mina, una ardilla alcanzó a Dondín para informarle que Esteban, su protegido e hijo de los molineros, estaba enfermo, postrado en cama.

Por medio de la misma ardilla, Dondín envió un recado a sus hermanos, para avisarles que se iba a casa de Esteban.

Haciendo uso de su magia y con solo decir ¡Puafff!, Dondín apareció sobre la cama de Esteban, quien al verlo dibujó una leve sonrisa en su rostro, pálido y ojeroso. La madre de Esteban, muy preocupada, ponía paños húmedos sobre la frente ardiente del enfermo. Mediante un conjuro, Dondín pidió por la salud de su amiguito, quien al poco rato dormía plácidamente, para tranquilidad de la madre.

En tanto Esteban dormía, Dondín se fue al bosque a buscar ciertas plantas para preparar un remedio para el niño. Buscó el fruto de una cactácea, la molió y mezcló con unas flores silvestres, luego revolvió todo con miel de avispas negras y una vez el preparado a su gusto, volvió con él al lecho del enfermo.

A la llegada del duende, Esteban despertó y se alegró de que su amigo estuviese con él.

Qué bueno que viniste, Dondín, dijo Esteban, pues me aburro mucho en la cama.

Bueno amiguito, cuando uno se pone enfermo, repuso el duende, hay que permanecer en cama para aliviarse pronto. Por cierto, continuó Dondín, te he traído una medicina que te aliviará rápido.

A mi no me gustan las medicinas, contestó molesto el enfermo, ¡Yo no tomo medicinas!, dijo cruzando los brazos, como para dar mayor fuerza a sus palabras.

Esteban, volvió a decir Dondín, las medicinas no se toman por gusto, sino porque es la forma de recuperar la salud.

¡No, no y no!, repuso necio Esteban, yo no tomaré nada de medicinas.

Dondín y el tesoro de los duendes (V)

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La montaña de Guerrero estaba viviendo un verano muy caluroso, a tal grado que, hasta los animales del bosque permanecían en sus nidos y madrigueras la mayor parte del día; los sitios de aguaje, que siempre estaban concurridos, ahora se veían desiertos. Para el ser humano la situación no era distinta, el calor canicular hacía cambiar las rutinas de los hombres y mujeres; con este clima, procuraban hacer sus quehaceres por la tarde, cuando ya el sol iba rumbo a su morada, al otro lado del mar.

Los padres de Esteban, los molineros del pueblo, ocupaban las horas diurnas para descansar y hacer trabajos de mantenimiento dentro del molino y la tarde y noche se ocupaban de moler los granos de sus clientes.

Para los duendes era la misma situación, aunque en menor grado, pues la mayoría de sus labores las ejercían en túneles, cavernas y minas; si tenían que hacer algunos trabajos en el exterior, procuraban mantenerse ocultos bajo las plantas, moviéndose en silencio lo menos posible. En esta situación, Dondín, que tenía a su cargo a Esteban, se veía obligado a ir a buscar al muchacho, quien ya para entonces había cumplido los cuatro años. Como los padres del niño dormían por la mañana, Esteban se aburría como una ostra, por lo que llamaba a Dondín para que le contara historias.

Con el fin de cambiar de rutina, Dondín invitó al niño a conocer su tesoro, nunca le había platicado a Esteban de ello, porque el niño era pequeño, pero ahora estaba ya a punto de llegar a la escuela, por lo que consideró Dondín que era el momento de hacerlo.

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Dondín y el unicornio (V)

Safe Creative #1101308372109En la familia de Dondín había gran contento, pues tenían de visita a un sobrino muy querido de nombre Lemet XII, este sobrino era hijo de Quintón II, hermano mayor del padre de Dondín, quien desde joven se volvió a Europa para vivir allá. Pasado el tiempo se casó y formó una numerosa familia; este Lamet XII resultó ser el mas inquieto de los hijos y desde joven le dio por viajar por diferentes países, habiendo tenido grandes aventuras y adquirido diversos conocimientos.
Quintón II asentó sus reales en los Alpes Italianos, pues añoraba la tierra de sus antepasados. En aquellas tierras, además de las labores propias de los duendes, como ayudar a guiar a los humanos y realizar trabajos de minería, a este duende y su prole les gustaba viajar. Haciendo uso de su magia se trasladan a cualquier rincón del mundo; en esta ocasión Quintón II, en compañía de su inquieto hijo Lemet XII, decidieron visitar a su hermano menor en las montañas de Guerrero en México.

Siguiendo esta costumbre de viajar, Quintón II invitó a toda la familia a realizar una excursión al sitio mas interesante de la montaña. El sitio elegido, aprovechando la temporada de lluvias, fue una enorme caída de agua que se formaba por las intensas precipitaciones que se daban en las partes altas de la montaña. El paraje estaba rodeado por altos pinos y con la humedad de la temporada, alrededor de la poza de la cascada habían crecido enormes matas de “hoja elegante”; también por la presencia de agua, la vida animal se había incrementado considerablemente, pues era el bebedero de osos, coyotes, pumas, venados, en fin, de la enorme variedad de la fauna propia de esa región.

Como el sitio elegido estaba muy alejado de la colonia, las mujeres y los mas pequeños se trasladaron por medio de la magia y los duendes mayores, acompañados por los padres, llamaron a una parvada de gavilanes para que los transportaran, aún cuando estas aves generalmente vuelan solas, siempre estaban dispuestas a colaborar con los duendes. Aprovechando a las aves, los duendes transportaron alimentos, ropa de baño y tiendas de campaña, pues tenían pensado acampar durante varios días. Al reunirse la familia, las mujeres, encabezadas por Lepina, la madre de Dondín, organizaron a un grupo de ardillas para que realizaran las labores de cocina y limpieza...

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Dondín y las hormigas (V)

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Un día radiante, de sol esplendoroso y viento fresco de la montaña de Guerrero, Dondín se encontraba jugando con Esteban, quien en ese entonces tenía alrededor de tres años; ambos se divertían con juegos que iban ideando, mas bien, los ideaba el duende, pues el niño era aún muy pequeño para expresar su imaginación, misma que estaba siendo enriquecida por el propio duende. Los padres de Esteban, mientras tanto, trabajaban afanosamente en el molino, pues recién se había levantado la cosecha de trigo de la región y estaban llenos sus almacenes del preciado grano, en tanto sus clientes les apresuraban para llevarse el harina obtenida, pues querían aprovechar los caminos secos antes de la temporada de lluvias; no obstante su ocupación, procuraban tener siempre a la vista al niño, quien reía y jugaba, a la vista de ellos, solo, pues los padres eran incapaces de ver al pequeño duende que cuidaba de su retoño.

Uno de los juegos favoritos de Esteban eran “las escondidas”; ya para entonces, el niño era considerablemente mas alto que Dondín, por lo que le era mas difícil esconderse y, también, presentaba mayores dificultades el hallar al duende, quien, por su tamaño, se ocultaba bajo las plantas o detrás de las piedras y raíces, haciendo mas divertido el juego.

En una ocasión, en la cual Esteban debería esconderse, lo hizo entre la maleza crecida, sin percatarse de que se había tendido sobre un hormiguero, de inmediato los insectos se le subieron al cuerpo y empezaron a picarlo; al escuchar su llanto y valiéndose de su magia, Dondín se presentó de inmediato junto al niño, impidiendo a las hormigas que le hicieran mas daño. Dondín ayudó a Esteban a levantarse y con el jugo de ciertas plantas, pronto alivió su dolor, sin que los padres del niño se percataran del incidente.

La hormiga reina salió a enterarse del asunto y cuando supo lo ocurrido, se disculpó con Dondín y, a manera de desagravio, los invitó a conocer su reino. Dondín evaluó la situación, pues tendría que reducir a Esteban y a él mismo, a fin de que pudiesen entrar en la cueva de las hormigas; desde luego que no tenía problema para hacerlo, pero Esteban no debería recordar esta aventura, aunque siendo tan pequeño, con seguridad, difícilmente se acordaría. En cuanto al tiempo, tampoco sería problema, pues el tiempo transcurrido durante la visita, sería como un segundo en la vida humana y los padres de Esteban no se percatarían de la ausencia del niño.

Dondín y el sapo enfermo (V)

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El día era espléndido, Dondín XVIII caminaba despreocupado entre un pequeño bosque de hongos de varias formas y colores, la noche anterior había llovido y el campo estaba húmedo y oloroso a tierra mojada y hierba fresca. En lo alto, las aves volaban en varias direcciones, algunas en parvadas, otras en solitario, todas en busca del diario sustento. En lo alto de un campo de margaritas silvestres, el duende observó a un colorido colibrí que hambriento succionaba el néctar de las flores, tan quieto como si estuviese posado en una rama, sus alas se batían a gran velocidad y el ave comía tranquilo. Una voz gruesa hizo sobresaltar al distraído muchacho:

-¿Hacia donde caminas, pequeño duende? – la voz provenía de un sapo gordo y verduzco que lo observaba con sus ojillos traviesos –

-Buenos días, señor sapo, - respondió atento Dondín – tengo que llegar al viejo roble, pues ahí estará un pequeño humano a quien tengo a mi cuidado.


-Vaya….vaya….el pequeño duende ya tiene obligaciones, - contestó lentamente el sapo – ¿y es que no tendrías un momento para platicar con este viejo y desagradable sapo?

-Desde luego que usted no es un desagradable sapo, simplemente es un sapo y es igual al resto de los sapos que hay en el estanque, - contestó sincero Dondín. –No tiene nada de qué avergonzarse, pues además se ve que usted es muy simpático.

Ya de mejor talante, el sapo continuó: -Realmente eres un duende muy atento y educado, en realidad estoy un poco malhumorado, pues me comí una mantis religiosa y me debe haber caído mal, -abrió su gran boca y desenrolló su enorme lengua, que tenía un color verde nada natural.