viernes, 19 de diciembre de 2008

Dondín y el sapo enfermo

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El día era espléndido, Dondín XVIII caminaba despreocupado entre un pequeño bosque de hongos de varias formas y colores, la noche anterior había llovido y el campo estaba húmedo y oloroso a tierra mojada y hierba fresca. En lo alto, las aves volaban en varias direcciones, algunas en parvadas, otras en solitario, todas en busca del diario sustento. En lo alto de un campo de margaritas silvestres, el duende observó a un colorido colibrí que hambriento succionaba el néctar de las flores, tan quieto como si estuviese posado en una rama, sus alas se batían a gran velocidad y el ave comía tranquilo. Una voz gruesa hizo sobresaltar al distraído muchacho:

-¿Hacia donde caminas, pequeño duende? – la voz provenía de un sapo gordo y verduzco que lo observaba con sus ojillos traviesos –

-Buenos días, señor sapo, - respondió atento Dondín – tengo que llegar al viejo roble, pues ahí estará un pequeño humano a quien tengo a mi cuidado.

-Vaya….vaya….el pequeño duende ya tiene obligaciones, - contestó lentamente el sapo – ¿y es que no tendrías un momento para platicar con este viejo y desagradable sapo?

-Desde luego que usted no es un desagradable sapo, simplemente es un sapo y es igual al resto de los sapos que hay en el estanque, - contestó sincero Dondín. –No tiene nada de qué avergonzarse, pues además se ve que usted es muy simpático.

Ya de mejor talante, el sapo continuó: -Realmente eres un duende muy atento y educado, en realidad estoy un poco malhumorado, pues me comí una mantis religiosa y me debe haber caído mal, -abrió su gran boca y desenrolló su enorme lengua, que tenía un color verde nada natural.

Mmmm…… - observó Dondín- realmente se ve enfermo, pero si me permite yo le puedo dar un remedio que lo pondrá muy bien.

Claro que acepto, - dijo el sapo- pero, ¿no sabe feo?, porque a mi no me gustan las medicinas.

Dondín cortó unos trozos de un hongo blanco con negro y empezó a molerlos entre dos piedras, ya que tuvo una buena cantidad de una pasta grisácea, le pidió al sapo que le atrapara un abejorro gordo. El sapo pronto localizó uno y de un rápido lengüetazo atrapó a un pobre abejorro que revoloteaba cerca de unas flores; el duende envolvió al insecto en la pasta de hongo y se la dio al sapo, quien haciendo gestos de repulsión, se lo comió.

Bueno, - dijo el sapo – en realidad no sabe tan mal, el abejorro es un buen bocado y su delicado sabor reduce el desagradable gusto de la hierba.

Dondín sonrió y le dijo al sapo: -Quédese tranquilo, Don sapo y en unos minutos se sentirá muy bien, pero, con todo respeto, no sea glotón, por lo menos es lo que me dice mi madre cuando enfermo del estómago. Y si usted me lo permite, voy un poco retrasado y llegaré tarde a atender a mi encomendado.

Ya se disponía a continuar su viaje, cuando el sapo volvió a hablar: - Espera, pequeño, ni siquiera sé tu nombre, pero además permíteme que te lleve, pues así llegarás mas pronto.

Perdón por no presentarme, soy Dondín XVIII, hijo de Quintón VIII y Lepina XII, -respondió atento el duende. Y desde luego que acepto su ofrecimiento, pues tengo que rodear el estanque para llegar al viejo roble.

Mi nombre es Plaf, dijo el sapo y te agradezco lo que has hecho por mi, en verdad que empiezo a sentirme mejor, pero vamos, sube a mi espalda y aférrate, no vaya a ser que en un salto llegues mas lejos que yo, ja…ja….ja…

El sapo brincó con cuidado en cuanto sintió el peso del duende en su lomo y cuidadosamente se metió al agua, cuidando de no sumergirse, sino nadando tranquilo en la superficie. En pocos minutos llegaron a la otra orilla y brinca que brinca llevó a Dondín hasta su destino, no sin hacerle prometer que pronto regresaría a buscarlo, para poder ser buenos amigos. El duende aceptó tan amable ofrecimiento y dando las gracias se alejó por entre el pastizal, en busca del pequeño a quien vio a lo lejos, recostado entre las raíces del viejo roble. En la distancia escuchó el canto de la madre, quien lavaba su ropa en la corriente de un arroyo; el agua cristalina se enturbiaba levemente por efecto del jabón de raíces que usaba la señora para la limpieza de su ropa, unas pequeñas carpas nadaban plácidamente en el arroyo y comían pequeños insectos que se acercaban al agua, sus iridiscentes colores resplandecían cuando eran tocados por los rayos del sol.

El duende se acercó a donde reposaba el niño y vio que dormía plácidamente, Dondín trepó a la raíz y se recostó, tapándose la cara con el gorro, dispuesto a descabezar una pequeña siesta.

En las alturas, en las ramas superiores del roble, una familia de gorriones piaba con desesperación, abriendo sus picos y pequeños buches, para que su madre les metiera el ansiado alimento. El viento jugaba con las ramas y un suave susurro hacía que los párpados del duende se tornasen mas pesados cada vez; finalmente se quedó dormido, un leve ronquido salía de su boca, mas parecido al suave ronroneo de un gatito, que al ronquido de un humano.

Las ropas café y verdes del duende lo mimetizaban con su entorno, haciendo muy difícil que alguien que pasara notara su presencia. Pasaron los minutos y las horas y sólo despertó cuando escuchó las pisadas y el canto de la madre, que se acercaba a ver cómo estaba su retoño. Dondín se levantó el gorro y observó a la madre, era bonita, de cabello castaño con reflejos de sol, de ojos cafés como la miel y su piel morena clara, de mejillas sonrosadas por el sol. Amorosa verificó el estado de su niño y satisfecha se volvió a continuar con su tarea. Era la esposa de un molinero y había nacido en España, Don Fausto y Doña Soledad y el pequeño se llamaba Esteban, apenas tendría dos o tres meses de nacido, pero ya era un chico fuerte y listo, que gustaba de jugar con Dondín.

En cierta ocasión, Dondín salió de su casa dispuesto a correr una gran aventura, tenía tiempo que no lo hacía y ya le aburría tanto tiempo desperdiciado cuidando a un crío que no hacía mas que dormir, así que, decidido, se encaminó hasta donde estaba dormido Esteban y una vez comprobado que estaba en buenas condiciones y seguro, empezó a pensar qué cosa podría hacer para hacer mas divertido el tiempo, se recostó contra el tallo de un gran hongo color rojo y cerró los ojos para imaginarse cual podría ser esa aventura: Ya sea por el calor o por efecto de la caminata realizada, el caso es que Dondín se quedó dormido, con el gorro cubriéndole los ojos para evitar la luz del sol que se filtraba entre las hierbas. Su espíritu aventurero le llevó a soñar que se encontraba con una libélula de alas azules, quien le invitó a visitar el País de las Libélulas:
Hola Dondín, -le llamó con cristalina voz-, ¿qué haces tirado en la maleza en un día tan hermoso?


No hago nada, hermosa libélula, solo estoy cuidando a Esteban, pero el niño duerme profundamente y yo estoy un tanto aburrido.

Ven conmigo, pequeño, -dijo amistosa la libélula-, te invito a pasear a mi País, no está lejos y será una buena experiencia para ti.

-Mirando al bebé que dormía tranquilamente, Dondín aceptó la invitación de la libélula-, pero, cómo iremos?, yo soy muy grande para tu tamaño.

No te preocupes, pues con tu magia resolveremos ese problema.

Solucionado el asunto, Dondín se redujo de tamaño y montó a horcajadas en el lomo de la libélula, quien alegremente remontó el vuelo, rumbo s su país.

No fue muy largo el viaje, pues detrás de unas colinas Dondín empezó a ver que iba en aumento el número de libélulas volando. Pero lo más curioso, era que había libélulas de diferentes colores, las había azules como su anfitriona, pero otras tenían alas rosa, rojas, verdes y de diversos colores en cada una de sus alas.

Mirando hacia abajo, Dondín vio un hermoso lago de aguas cristalinas, donde flotaban plácidos lirios de flores azules: Ese era el País de las libélulas. Dondín y su anfitriona se posaron con suavidad en uno de tantos lirios y el duende se apeó, de inmediato salieron a recibirlos la familia de su anfitriona, quien por cierto se llama “Volina”, quien fue presentando a su numerosa familia, pues es común que entre las libélulas las familias sean muy numerosas, mas que las de los duendes.

Volina le comentó que las libélulas se alimentan de otros insectos, a los que atrapan en el vuelo, insectos que si proliferan demasiado, causan un gran daño a la naturaleza, pues descompensan el equilibrio que debe haber entre insectos, animales y plantas. El cuerpo de Volina es pardo, pero el de su esposo, Volón, es de un vivo color amarillo; dentro de su casa, hay muchas habitaciones, donde depositan los huevecillos que en poco tiempo se convertirán en ninfas, es decir, los bebés de las libélulas, las cuales tienen unas incipientes alas muy cortas y sus cuerpecillos son rechonchos. Las cuatro alas de las libélulas les permite alcanzar grandes velocidades y de esa manera alcanzar a su presa en pleno vuelo, también les da la posibilidad de mantenerse estáticas en pleno vuelo, como los colibríes.

La familia de Volina es la mas grande en estas tierras, pero hay muchas otras familias emparentadas con Volina, pero que son un tanto diferentes, no pude ver a ninguna, por lo que será en otra ocasión que las conozca; no se crea que la vida es fácil para las libélulas, pues ellas son alimento de otros animales, como los sapos, o algunos reptiles, también hay algunos peces que se deleitan comiendo libélulas, por eso sus familias son tan numerosas, porque si fueran pocas, sus depredadores naturales podrían terminar con la especie, ocasionando un gran daño a la naturaleza.

Uno de esos peces, una carpa de grandes bigotes salió a la superficie a conocerme, pues solamente había visto duendes desde lejos, ella me contó que las libélulas son solo una parte de su dieta y se sintió apenado por haber asustado a la familia de Volina, quienes levantaron el vuelo para ponerse a salvo del bocón pez, quien después de saludarme, se volvió a sumergir, con lo que poco a poco la calma volvió a la colonia.

Finalmente, el viaje terminó, Dondín, nuevamente montado, esta vez en Volón, regresó al sitio donde lo habían recogido. Una gota de rocío, desprendida del hongo, cayó sobre su nariz, despertándolo en el acto. Se dio cuenta que se había quedado dormido y sonrió con satisfacción, en lo alto volaban las libélulas alrededor de las flores, en espera de que llegara el almuerzo. Algunas mariposas de vivos colores se posaban en las coloridas flores. Entre las plantas, el croar de las ranas se escuchaba como una apacible música; entre las hierbas, los camaleones y las lagartijas correteaban en busca de sus propios alimentos y los pajarillos piaban en sus nidos, en espera del ansiado alimento que sus padres les procuraban. El fluir del agua en el arroyo cercano era una acariciante música de fondo que sonaba de forma maravillosa en los jóvenes oídos de nuestro amigo el duende, quien disfrutaba de la naturaleza, a la cual pertenecía y a la que cuidaba con tanto esmero como a Esteban, su protegido.

El niño abrió los ojos y vio la cara sonriente de Dondín, a quien dedicó sus mejores balbuceos, Dondín le contestó y el chiquillo rió con cristalina carcajada; la madre miró a su hijo y también sonrió, agradeciendo a la vida por tanta felicidad.

Al caer la tarde, Dondín volvió a su casa y alegre comentó con sus padres las incidencias del día, inclusive su viaje en sueños al País de las Libélulas, Los padres lo riñeron cariñosamente, recomendándole que no se durmiera mientras cuidaba al niño.

Después de la merienda, Dondín y sus hermanos se fueron a dormir, había sido un día mas en la vida de los duendes, un día fructífero y maravilloso, que esperaba se repitiera muchas veces. El sueño fue cubriendo sus ojos y la oscuridad envolvió al dormitorio, solamente el suave ronquido de los duendes dejaba ver que la vida continuaba.







LÉXICO


Mantis religiosa Insecto ortóptero carnívoro, de color amarillo o verdoso muy voraz, de tórax muy largo y patas anteriores recogidas en actitud orante provistas de fuertes espolones y espinas para sujetar a sus presas.
Iridiscentes Que muestra o refleja los colores del arco iris.
Mimetizaban Imitar, reproducir. Algunos animales imitan los colores de su entorno.
Descompensan Hacer perder la compensación.
Depredadores Animal que caza animales vivos para su alimentación.
Parvadas Conjunto de aves.